7/18/2014

Una Vez me Enamoré





Una vez me enamoré de una bailarina. Bueno, realmente no lo era en ese momento. Pero su alma y pasión la convertirían en artista, su nombre simplemente mostró el camino sobre que musa escuchar.

No fue sutil al robarme un beso en aquella ocasión hace ya tanto y dejarme temblando durante días enteros.

Los años pasaron y millones de letras en cartas y suspiros al conteo de estrellas para saber de ella la convirtieron poco a poco en la confidente de mi alma. Aún no conozco a nadie con quien pudiera expresar el disfrute y poesía en el caer de las hojas, ver en sus hermosos ojos comprensión y aliciente de toda idea, de cada palabra.

Un día descubrió el arte en su cuerpo, y lo quiso compartir todo conmigo; La música, la fuerza, el dolor con escenario en mi habitación blanca sólo con la iluminación de los faroles en los edificios vecinos.

La extrañaré para siempre y mi vida no creo conozca jamás un alma en la cual derramarme como tormenta, ella siendo mi río.

Una vez me enamoré de quien supongo es mi alma gemela. Mi paso por un bosque de memorias que hacen mi  vida, en él,  su recuerdo es la niebla que lo cubre cada amanecer y anochecer. Que alimenta con rocío las pocas flores y permiten que todo brille, que la tierra sea buena.

Su fuerza y bondad la hacían amiga de todos. Su risa, un ave traviesa brincando por donde pasara.

Sus gustos eran los míos, sus pasiones las mías, mi conocimiento y paladar era reflejo completo del de ella. Era la mejor versión de mí mismo, era quien yo quería ser. Mi mejor amiga, la sangre del cáliz, mi felicidad encarnada.

Cada día en el bosque de memorias cuando tocó el fresco con pies desnudos al andar; Entre mis dedos la belleza y conexión con la naturaleza completa y en todos los sentidos es ella.

Una vez me enamoré de la hija de una pintora. En líneas y abstracciones construía la realidad. Fantasía onírica cada instante. Empeñada en negar mi existencia me convirtió en una pieza a la cual admirar, me transformó en colores ondeantes que absorbía junto con el sol.

La carcajada de una villana dibujando aves en los cielos de un verano que duró muy poco.

Una vez me enamoré de una mujer mayor. Sabía que era lo importante. A través de la geología discernía la fascinación por el significado de su presencia en el mundo. Solamente tenía amor por demostrar. Los juegos y nimiedades del cortejo no le interesaban, porque conocía el cómo identificar el cariño y corresponderlo. Llenar lo frágil del ser con la sonrisa de alguien más. Un compromiso de hacer lo mejor mientras estuviéramos juntos por ser eso lo importante, lo que era estar vivos.

Una vez me enamoré de una estudiante de intercambio. De su sonrojo color metal ardiente, del gris de su mirar, del trigo y oro trenzado en su cabello. De su acento por una fina boca acostumbrada al usar el lenguaje de los mares helados. Su estilo era de mil colores con la blancura de su piel como marco. Su hambre por un sol que la hería. La ligereza y lo exótico de una mente versátil conjugando con mis pasiones.

Una vez me enamoré de mi compañera de laboratorio. De la parsimonia de sus decisiones que sólo tomaba del corazón, de su cuerpo temeroso y las lunadas con un felino jugando con nuestros pies. De su cautela al cargar un corazón soldado y remachado por un millón de ayeres confusos. De su independencia y fuerza de la cual creía carecía. También admiraba su dedicación, el miedo a mi abrazo. Amaba todo lo que no mostraba, la música de su corazón dictándole que paso tomar. Tan atronador sonaba que la podía escuchar con paredes de por medio.

Una vez me enamoré de una mujer más joven. Su sonrisa el brillo de las estrellas sobre el océano, su regazo el hogar de toda bondad. Su juventud y visión con el potencial de ser castillo de dulzura.

Su mayor bendición, la de su tacto. En suspiros entrecortados por un sollozo que se dejaba asomar, y compartiendo secretos jamás dichos ni a los más queridos. Hallamos el cariño que deseábamos y lo logró traducir en una caricia a mi mejilla.

En una noche, de atardecer al primer instante de sol, con un abrazo llenó mi mundo. Eso debe ser en lo que se basó dios para crear a los ángeles.

Una vez me enamoré de la idea que todos me compartieron. Una mujer joven y muy alta. Que deseaba hacer de su profesión los juegos de luz y el uso de las sombras como pinceles. La conocí por su obra; retratos de una maduración que no llegaba, de noches insomnes y muy largas, miradas seductoras sin dedicación exacta. Sus pies enormes y lo que significaba convertirse ahora en mujer. Me enamoré de su risa y el apetito que tenía, de la música que tanto le gustaba.
Me prendí principalmente de un montón de fotos sobre sus mañanas. Con ligeros grises y violetas rodeando sus ojos, de su cabello aplastado, lacio y tan largo. De sus desayunos colmados de azúcar y el sol en sus persianas De sus dedos sobre el pulido de madera y el respirar sostenido frente al lente entre sus sabanas.

Una vez me enamoré de una buena amiga. De sus enormes piernas y el dolor en el cuerpo cada mañana por cargarlas mientras dormíamos. De los vestidos oscuros que tanto le encantaban. Del ver como cada día sin darse cuenta se convertía en una mujer más plena. Del rojo en sus labios cuando quería verse bella para mí. De sus enormes ojos siempre adornados con negro. De la entrega que tenía con la cual quería alumbrarme, quemarme en cariño. De sus sueños del futuro y el terror que le era lo presente. Su disposición por aprender, por saborear un planeta que le parecía gris. Me encantaba su cocina y los postres que con tanta dedicación engalanaba de palabras y chocolate. Del esmero con el cual intentó romper la piedra sobre mi piel, la pesadumbre sobre mi mente. Su fascinación por mis palabras y el cómo compartíamos el arte de las cosas. De su voz y el maravilloso despecho al no encontrarme un entendido de indirectas o mensajes. De las canciones que me dedicó, de sus visitas en el día menos pensado para sostener mi rostro, del como quería que su familia fuera la mía, de su cuerpo sobre el mío en cualquier lugar que nos detuviéramos por un momento. De su mano sobre la mía mientras conducía. De sus nervios incontrolables, del cómo se tomaba todo tan en serio, incluyéndome a mí. De su hambre por lo nuevo.

El diario, el menester y las amistades compartidas, de lo frío de su cama con sólo una ligera colcha, del naranja que tanto le encantaba, de todo lo que quiso enseñarme y jamás aprendí. Su objetividad para con mis palabras, de sus ganas de competencia. De la maldad que decía la tenía invadida. Del como abarco todo horizonte para mí sin que yo pudiera demostrarlo. Del que quería conocer lo que nos rodeaba a través de mí, conmigo y yo para ella.

Del como su amor era la promesa de todas las mañanas que tanto había buscado.

Me enamoré de una mujer con cabello azul y vestido blanco en un museo, de una acosadora en la preparatoria que besé y no volví a ver, de una poetisa que me leía, de una guitarrista de cabello corto y enorme sonrisa. De una mujer llamada Ruby. De una compañera de trabajo.

Me enamoré muchas veces aunque ellas no me creyeran, aunque no lo supieran, aunque no fuera recíproco en el sentir y el hacer.

Tal vez estas cosas sólo las sé yo. Sólo yo me doy cuenta que el arte que intenté crear era de mi amor hacía ellas. Tal vez lo que creía evidencia pasó lejos de su visión. Tal vez simplemente lo hice muy, muy mal. Por eso cansadas, traicionadas y rendidas renunciaron con sus cartas, despedidas, besos, distancia y en más de una ocasión maldiciones.

También el tiempo como siempre no era el adecuado ni mí compromiso el correcto.

Dieciséis años desde ese beso arrebatado hasta ese último mensaje con un “te amo” y un adiós.

La soledad hoy día es diferente; Ya no es un revolcar de angustia con mil preguntas. Ya no es el dolor de no saberlas cerca. Los porque logré destilarlos de los mares que derrochaba y el deseo por el olvido. Hoy ya sé que sucedió en cada oportunidad y situación.

Claro, demasiado tarde.

La soledad hoy día es de culpa y reproche por querer lo que tenía y ya no más. Ya sé que todas se han ido. Que ahora se dedican a sus propios amores que pueden llenar con su deseo y convertir con cada beso algo nuevo. Con sus carreras, familias y propios fantasmas.

Fue mi falta de confianza, al no mostrarles mi corazón roto para que lo sanaran. Mi falta de deseo al no derrochar mis fantasías y ganas en sus cuerpos que añoraban con recibirlas y hacerlas realidad. Fue mi miedo a contaminarlas de melancolía callando mis pesadillas, mi indisposición de sacrificar el ensimismamiento y estructura de respeto por mí y por ellas en aras de transformarlo en pasión.

Lo debí haber hecho.

-Claro, demasiado tarde-.

Ahora entiendo esa despedida “No puedo verte otra vez, porque sólo te llenaría de besos”. Aunque las ame y desee, aunque las necesite, el punto del amor es que la felicidad propia sea dependiente de la felicidad de ellas. Y esa felicidad no es conmigo, ni de mí, ni para mí.

No puedo evitar sentirme terrible para conmigo mismo por arruinarlo en cada ocasión. Ahora son un hermoso paisaje intocable que rodea mi cansado corazón con el calor y la nostalgia de un hogar en otra costa.
Por eso dedico todas las canciones a su memoria, mis palabras a su cariño. En lo que mi propia sombra y la suerte me permiten redescubrir el cómo intentarlo

¿Quién está que pueda reprochar mi sentir, palabras y actos si todas ellas ya se han retirado?

¿Quién está para llamarme mentiroso o para corroborar la verdad en mis brazos?

¿Quién está que lo quiera intentar?

7/16/2014

Si en el nombre está la penitencia.





Si el nombre es la penitencia, nuestro personaje estaba perdido.

 La falta de enfrentamiento entre sus padres por el bautismo y la negación a escoger uno u otro de una lista de nombres le había dado a la mejor usanza de familia romana un montón de nombres. Cada uno lo aunaron a sus apellidos como cargando vagones de más a una vieja locomotora en sus últimos días.

 Definitivamente no sería un Augusto, no tenía las capacidades ni una Livia que persiguiera sus pasos, no sería un Tito o un Andrónico,  mucho menos un Calígula; No era tan monstruoso. Pero tal vez podía ser un Claudio. Ya saben, tartamudo de los nervios,  tullido para la intriga y el deporte. Su nombre no era Cesar Augusto Tito Livio Andrónico Calígula pero su situación era muy similar.

Su primer nombre era el de su padre y el de su abuelo. De personas trabajadoras pero tontas que nunca respetaron más que a sus propias personas y que demostraron ese egoísmo con creces. Yacía ahí la primera condena. 

Le avergonzaba el nombre y afortunadamente terminó rezagado a documentos de los primeros días de su nacimiento, siendo que pocos lo conocieran por tal. Y mucho menos el peso del pasado que su ascendencia colocaba en sus hombros. La condena de esta inicial lo perseguiría quisiera o no incluso frente al espejo. Pero el nombre heredado sólo es interesante si trae una serie de infortunios, significados o glorias de las cuales el receptor no tiene nada que ver. Los otros dos son los que eran interesantes.

Su segundo nombre era el mismo que el primero de Allan Poe, también el primero de Burrroughs y el de Degas. Después del primer contacto de una boca carmín de hermosa sonrisa se había encendido la mecha que terminaría por explotar en su personalidad y sufrimientos. Como Allan conocería su Berenice, Morella y aquella que los ángeles del cielo llaman Leonore. Siendo que, taciturno en la plutónica su memoria al retrato de su amada las sombras crecerían. Con su memoria en una tumba el desganado sopor y miedo vencería los polvos del sueño. Su melancolía se convertía en terror y la magra guardia nocturna de su enfermo corazón en el trago agónico de lo nocturno. Las imágenes en los cuadros crecerían como la presencia de un animal de caza en la oscuridad del bosque. 

Su tercer nombre significaba lo mismo que la romana Venus; La belleza sin paragón, el amor que como la vida surge del mar. Pasión complaciente de Sandro el esclavo de los Medici. También era igual al hijo prodigo vencido de orgullo, el condenado al abismo último de los mundos y la oscuridad sin fin, aquel que en el último círculo tiene su trono, el más hermoso de la creación y antagonista de todo lo que es amor; La estrella de la mañana, Lucifer.

Genética de la sintaxis por infortunio de un ejercicio de Cabahla.

Que perdido estaba.

7/15/2014

Mi primer intento para mi cuento de Vermillion Sands



Las vetas de cuarzo brillaban.  Algas rojas en una marea inmóvil bajo la luz del cenit. Esos eran los arrecifes de arena en el desierto de Vermillion Sands.


Había regresado a Vermilion Sands con sus casas de playa psicotrópicas aquel verano con varias razones en mente. Primeramente anhelaba nuevamente ese ambiente de intelectualismo soberbio y egoísta donde todos hablan con los ojos cubiertos. Extrañaba el murmullo del chismorreo entre cervezas y el ruido de trote de los viejos cadillacs. Los paseos por la costa en veletas terrestres, el simple navegar y viento sobre las dunas de cristales por los caminos que provenían desde el lago de arena.


Mil lunas son suficiente razón para querer un reencuentro con memorias borrosas y melancolía irrepetible. Hay una cualidad de romanticismo tan grande en el ejercicio de recuperar imposibles. Las noches entre risas y juegos con amigos, el suspiro de unos labios quietos al oído en una noche insomne y calurosa. Por supuesto, todo ésto sin la culpa de mil lunas por fechorías y deudas morales.


Carlo, un viejo amigo, tenía una habitación permanente en el Uphill Hostel. Se la había ganado del amor fanático de una cuarentona por una escultura que le ayudara a realizar una tarde de tormenta en el firmamento de Red Beach. Carlo insistía que la habitación era tanto mía como suya en aquellos años donde las promesas entre amigos son juramentos de honor y pacto suicida.


La dama del mostrador era ahora una cincuentona con el mismo tatuaje de un canario enjaulado en la garganta. La constelación de pecas era la misma. Ahí Orión en su mandíbula, ahí el Cisne bajo el lacrimal izquierdo. Su índice acariciaba al canario y las pleyades en su barbilla. Del dibujo escapaba una frecuencia intermitente entre cuarenta Hertz y un silbido; El ruido blanco de olas entrando a una cueva y haciéndola suspirar en un murmullo. Su dedo pasaba así el tiempo mientras sus ojos aburridos ocupaban la poca energía que tenían en la lectura de un fanzine de tinta electrónica reciclable.


Me observó con la diligencia y experiencia de mil lunas aburridas desde que aquel amante se fuera con sus amigos a la ciudad llevando de equipaje todas sus promesas. Le dijé quien no era y que familiaridades tenía con ese que ella ya no esperaba ver. Su boca se extendió en nova creando cúmulos estelares en unos pómulos ya acostumbrados al bronceado. No me recordaba, a Carlo lo masticaba su memoria como un sueño hace tanto olvidado. No sabía ella si esas noches de naves le sucedieron, si yo había estado ahí con diez años menos con Carlo y su voz de cantante. La promesa de la habitación. El sueño de una vida que no es consistente con la actualidad. Aceptaba que todo podría ser mentira, que ella no fue una joven y se enamoró, que esa escultura de vapor y nitratos de plata fue tal vez una pintura en un libro, que yo era un mentiroso. Calmó el movimiento estelar en su rostro con resignación de saber que no sucedió, pero que la habitación estaba libre y mi prescencia no era ingrata. Me dió una llave, regresó a su fanzine y al canario trinando con un hipo de cuarenta Hertz.

 El medio día en Vermillion Sands es rojo; Las calles rojas, la gente roja, las carcajadas rojas. Las bebidas saben a rojo, el escozor en los brazos por el sol es rojo. La cotilla viaja en el espectro de nanómetros rojos entre los restaurantes y terrazas, entre las delicadas manos de rubias con copas de martinis y los artistas callejeros de renombre.


Un roce frío trás mi pabellón auditivo y el calor rojo de mi vientre me hablaban de un deseo que no podría consumar estando en la habitación. Me decía también que ese viaje había sido inútil. Que si buscaba perderme en la tristeza de un pasado inasequible, o huir de la consecuencia de no haber cumplido esos compromisos de juventud. No encontraría ni una, ni otra redención en ese viaje, ni en ningún otro. El hambre sólo podría calmarla de mí mismo, tanto en su curiosidad como en su objetivo. El medio día en Vermillion Sands es rojo, también así sus humores.


Los rostros siempre son los mismos en lugares como éste; Una cabeza de barba y gafas  a la merced de un cuello serpenteante bajo el hechizo de un muro sonoro proveniente del cuadrafónico al vació sentado en un Cadillac convertible. Fachadas psicotrópicas ondulantes al ritmo pasional de quienes las habitan.  Vestidos traslucidos de biotela ondulando a contraluz de un crepúsculo que dura demasiado.


Un trago frío y varias horas de pasos se convierten en una cascada de agua y electricidad en las pantorrilas bajo lo rojo. Frente a mí el pico de vidrio, un iceberg de altísima densidad y doscientos metros de altura que habían creado los arquitéctos con cinco átomos de hidrógeno, un láser y la arena del desierto. Cerca de su punta, cinco terrazas colgantes. En su interior, cincuenta habitaciones de lujo talladas con esmeriles adiamantados. En su último piso, El  Sorolla y una clientela no tan numerosa de celebridades multimedia vacacionando.


Las esculturas sonoras entre los corales de arena en el camino me apresuraron ululando al ascensor. La terraza del Sorolla me recibe con el conocimiento que la noche se acerca  y los olores de cigarrillos condimentados, pocas mesas ocupadas y una barra repleta de carcajadas falsas con epicentro en una mujer de cabello negro y un tabaco de tres botones en el filtro.


El pico de vidrio se impone al lago de arena, teniendo a un costado los bosques de corales terrestres con su población de fantasmas. A la lejanía, cerca de medio horizonte se alcanza a distinguir Red Beach, el mar y como punto de fuga el índigo de las tormentas eléctricas sobre él mismo.

Carlo, Sofía y yo esculpiamos nubes en Red Beach. Con nuestros dípteros monoplaza hurtabamos del cúmulo de humedad para crear nuestras obras. Lo hacíamos a partir del intercambio en micropresiones entre la eterna tormenta y las plácidas aguas. El negro vendaval se crea a diez kilómetros del suelo, nosotros arrancabamos de su corazón para crear volutas de prístino algodón a tan sólo dos kilómetros. En ocasiones trabajabamos los tres. A veces competiamos el aplauso y las miradas lascivas en tardes de poco viento. Carlo tenía la pasión para ser volátill, rápido, majestuoso. Sofía era toda una artista, orgullosa, ciega a sí misma  con la necesidad de saberse diferente. Mi parsimonia y dedicación me volvía aburrido a los espectadores. Lo endeble del medio me ganaba elogios entre conocedores y propios, pero no podía arrebatar corazones con mi ejecución, nadie esculpía como Carlo.