29 sep. 2010

Otras personas me hablan de tí


no sé porqué, por ahí decían;
que, había sido por ti
que se había sentido bonita
(¿2003, 2004, 2005? ¿Quién podría saber?) 

De cristal proviene el sonido que me llega de tu voz. Al leer tus palabras pidiendo romper un hechizo del que soy símil prisionero. Del inmenso abismo que es el azul del cielo alcanzan mis ojos tus letras “Hermoso recuerdo”. Los gusanos en mis hombros reaccionan a ellas con gritos de ¡¿Por qué recuerdo y no presente?! A murmullos y tristeza les susurro mentiras sobre esa posibilidad para arrancarles un humor más apacible.

Otro corazón que también te pertenece me escribe que era yo quien alguna vez te hizo sentir bonita, y regresa a mí la figura que la hermosa flor no sabe lo preciosa que es por ella misma ser flor. Si la luna y las estrellas que buscan abrazarla un día se dieran cuenta de que todos los sonetos en la historia les están dedicados ¿Brillarían más para hacer la noche de plata o seguirían siendo ellas mismas? También me escribió hablándome de años como si el amor pudiese ser medido por las horas en el día. El reducir las cosas a fechas sólo es conveniente para organizarlas, no para vivirlas. Así también mi memoria es conveniente, separando los momentos en gloriosos y humillantes, todo lo demás son lecciones y mar que se repiten en infinitas olas, trayendo algunas de regreso, llevándose otras y siempre cambiando el paisaje de arena que recorro.

Me decía también que los vivos intercambian materia viva. Es por eso mi necesidad de creer todas las pequeñas mentiras, desde la navidad hasta las hadas, sólo así podría creer las que son mucho más grandes, la justicia, la amistad y el amor. De esa forma se tornan verdaderas, es la única manera de evadir el destino de transformarse al final en un copo de nieve perdido en una tormenta de estática. De saber que existe un futuro de una tarde vistiéndose de violeta siendo feliz sosteniendo tu mano.

Pero al momento sólo puedo demostrar que la vida intercambia gas y agua, que todo lo inerte es lo imperecedero y la vida que conozco sólo debe dar amor aún si ésto la acaba.

Estas son la clase de cosas que me hacen pensar ¿También el Yggdrässil cambia sus hojas?

Reviso mi teléfono con la frecuencia de encender un cigarrillo para calmar el ansia, para tal vez volver a saberte tan cerca de como te sientes ahora, tal vez de poder leerte nuevamente como en la mañana y tu mensaje.

“Hermoso recuerdo”.

Final del Verano


Hoy desperté en la casa de una amiga. Toda la luz del medio día transformando en reflector a las cortinas de la ventana sobre su cama.

El sabor de la noche , de lo larga que fue y una cena grasosa me recorría las encías. Había devorado la noche y en esta ocasión el sabor se quedaba conmigo.

Mi amiga ya se había levantado, bañado y preparado antes de que pudiera yo siquiera acercarme a algo que simulara un estado despierto. Mientras tanto, yo me tallaba la cara queriendo remover la luz de luna llena que me había caído encima y la luz de sol que ahora entraba; Todo como agua sucia, como si realmente pudiera removerse, tal vez también se iría con la culpa de cada despertar. Nunca lo hacen.

La tarde y noche anteriores las había yo pasado con ella en la sala del pequeño departamento que compartía ella con otras cinco personas; Escuchandola hablar sobre su exnovio, la tristeza de los días pasados y lo ridículo de los aquellos por venir. Conforme hablaba sobre estas cosas, yo me imaginaba en su situación, tratando de entenderla porque su situación se parecía tanto a la mía. Al terminar sólo pude responderle con palabras que me sonaban tan tontas, con consejos vacíos. Los que dicen que uno así como escribe, habla, son unos mentirosos; Al hablar soy tan plano, tan tonto y simple, por eso fue el único tipo de palabras que pude darle.

La noche anterior se dejo caer con la lluvia y nos encerramos después de esa charla a ver un par de películas, porque siempre cargo películas en el ipod, lo que se debía por supuesto que ya detestaba el cine actual con sus giros obvios y malos en los finales, por lo que traía esa ocasión un cúmulo de películas de Ingmar Bergman. La primera sobre una mujer hermosa salida del ideal sueño de algún victoriano, de como conocía a una anciana escritora ganadora del noble. Yacían ambas en un estudio de cine donde la preciosa dama sólo rondaba para ver a su amante el director, la anciana para ver las pruebas de fotografía sobre una adaptación de una de sus novelas al nuevo hito cinematográfico de mil novecientos veinte. Una trama sobre la sensibilidad de una artista joven, de una artista vieja, la figura del padre alcohólico y el terror que esa sutileza y fuerza femenina causa sobre la mente del históricamente imbécil género masculino.

Durante toda la película mi amiga sólo podía repetir lo hermosa que era esa mujer. Por mi parte, como soy, deseaba antagonizarla, mas no encontré ningún argumento para pensar diferente que ella.

La segunda la acompañamos con una pequeña copa de brandy llena de tequila que un pretendiente suyo le regalara. La botella portaba un nombre gracioso, “ El Fierro del Patrón”, eso no hizo reír esa risa de compañía que escapa cuando algo no divertido del todo desea verse cómico, para matar lo que sabíamos sería una velada distante, cada uno haciendo sus introspecciones queriendo hallarse en el arte que se proyectaba sobre la pantalla. “Un verano con Monika” se llamaba el filme, sobre dos adolescentes y el amor de verano y juventud más perfecto que pudiera imaginarse bajo el cielo checoslovako y del más horrible terror y abandono acerca de lo que se quiere perdido para el otoño. Eso y el recuerdo de que esa noche terminaba el verano con la luna llena, me invadió de tristeza.

Al terminar de verlas, apagamos las luces y la computadora, ella se recosto en su cama, yo invadí un colchón en el suelo propiedad de una compañera suya que no regresaría esa noche. Ahí acostado los ruidos que nos llegaban a ese sexto piso me sobresaltaron varias veces, también el ´sonido de alguien al llegar, otra de sus compañeras arribando bien pasada la medianoche. En algún momento eso me obligó a contemplar el techo, a recorrer las paredes con mis manos a paso de insecto, a pensar en el sutil olor a mujer en la almohada en que recostaba la cabeza, para finalmente dormir horas después con la pregunta cruzando por mi mente de porque seguía ocupando sólo una orilla de la cama como si un viejo amor o su fantasma pudiera llegar para compartir ese espacio.

La conciencia de que al fin era mañana de otoño, la cercanía de mi cumpleaños, los sabores de la noche y yo acompañamos a mi a miga a la facultad donde la conociera. Al llegar, por mi mente cruzaba la idea de que ya no conocía a nadie por esos pasillos. Me despedí de ella y puse camino hacía un teatro, tal vez aún era momento para llegar a esas presentaciones de danza que frecuente tanto la mitad del año, donde vería mujeres hermosas representando el alma de una coreógrafa ya muy vieja.

En el camino furtivamente cazaba la esperanza de encontrarme con algún amigo. Llegué al teatro sin encontrar a ningún amigo, fue demasiado tarde para la presentación, así que decidí recrear una vieja rutina y sentarme a la sombra de un árbol a leer, mientras tanto, el horrendo lugar donde vivo y todos sus reclamos podrían esperar.

En la banca de siempre, un libro distinto, ahora trataba sobre una niña y un horroroso futuro lleno de muerte, yakuzas, drogas y monstruosidades médicas y tecnológicas de un cyberpunk decadente. Unas pocas hojas y mi pierna tiembla, es mi teléfono, un mensaje con cuerpo de puros números y un remitente extranjero, con un símbolo de más. No sé que es, pero pienso que es tal vez de ese amigo tan amado y descuidado en Long Beach mandando ayuda. Un poco más de culpa, la lectura y la música trip hop escapando de mis audiofónos me llenan de ansiedad, opté por irme de ahí.

En el camino una preciosa mujer de ojos avellana que casi parecen grises, un golpe y la imagen de un viejo amor me detienen. Tengo que llegar a esa plaza de parque, para poder sentarme y escribir ésto que leen, después pasearme por esos lugares encantados con su presencia y buscar su fantasma alimentando el absurdo de que podría ser que la encontraría a ella y sus brazos llenos de perdón; Tal vez en alguna cafetería de las que frecuentabamos, o a las puertas de esa escuela donde espera ella un día salir como bailarina profesional, tal vez aquí mientras escribo sobre ella con semejante invocación se siente a mi lado, tome mi brazo, recargue su largo cabello oscuro en mi hombro y me pregunte sobre que ando escribiendo. Así podría responderle que es acerca de ella, de como la extraño porque es otoño, porque nuestros cumpleaños se acercan. También le hablaría de las tardes cuando el terror me llena y salgo a caminar sin rumbo hasta encontrarme no poco sorprendido a la puerta de su casa y que jamás me atrevo a llamar para preguntar por ella. Pero eso no ha pasado, ni ahora ni las docenas de veces que he repetido esta rutina tonta y romántica de encontrarla así sólo porque el lugar y el momento eran correctos.


En el tiempo que he estado aquí escribiendo el cielo se tornó negro. Tratando de ignorar la molestia de las parejas besándose, de esa especie amante a la que pertenecí en otra vida. Sintiendo las primeras briznas de la lluvia por venir y pensando en el tatuaje en el brazo de esa mujer con ojos de avellana casi grises sentada no lejos de mí; Un dibujo de un árbol de cerezo, con las raíces en su codo y las ramas en su hombro, en flor, con su tronco oscuro y los brotes en carmesí, de como todo eso en su deslavada presentación como una acuarela víctima de las tormentas y envejecida por algún desazón es espectro de todo lo que se llama otoño, de ese amor olvidado a disponerme nuevamente a buscarla, del andar enamorado de esa obsesión y esa tristeza suya que me hacía compañía.

El día volvió a finalizar y mi búsqueda sin éxito, tal vez el martes, otro día para repetir esa rutina.


14 sep. 2010

Lo que más me Enoja



Ahora me causa enojo. Hace mucho tiempo me era indiferente porque solía serme algo de lo más común, después me arrebataba la inconmensurable melancolía de su pérdida, posterior la tristeza de su recuerdo, pero ahora me enoja; El ver una pareja cariñosamente besándose, entrelazando sus manos, dejandose perder en un abrazo y su suavidad al alargar ese instante. Como me invade una ira con semilla en la envidia, el despecho malsano, la hirviente furia silenciosa.. Todo debido a que no me pertenece, que no puede pertenecerme.

En ocasiones mis frías manos lo han intentado, el acariciar un rostro, pasar el cabello detrás de un embelesado oído de un rostro amistoso y bello de mujer; Vaya la forma de mis extremidades de temblar. La torpeza proveniente de esa ausencia de cariño verdadero hacía las receptoras del ensayo. Ya me es inútil, me lo ha prohibido una memoria terrible sobre una carta manchada de lágrimas por tu letra escribiendo que te despedías. No es que mi corazón se endureciera, es porque ya no puede ser de nadie más.

Alguien quiere reclamarlo, lo sé por su mirada marmórea que desea verter todo su calor sobre mí para disolverme en cariño, que arroja su mar buscando el tranquilizarlo, lo sé por sus palabras cargadas en manos por invisibles mensajeros al final de la jornada, que preguntan por mí, pero que gritan tras sus cuestiones que la cortesía de regreso sea amor. Ese mar, esa agua y su fluir de letras sólo puede encontrar en mí riscos para deshacerse en espumas y bramidos a los que soy sordo. Ese mar sólo puede llenarse a sí mismo, de esta escarpada costa ni siquiera un poco de arena podrá arrancar.

Es por amarte así, de lejos, sin ser correspondido, la la lóbrega presencia y silencio que me arruiné, tantos años buscando una forma de construir una vida alrededor de tí, que al conseguirlo no pude sino empujado por la perversidad incoherente que es aplazar el deber hasta librarse de él pero no de sus consecuencias, que una vez finiquitada, acabe con migo mismo junto con lo que podíamos ser. Tan aterrado ahora del cambio que mi corazón no puede aceptarlo y así se ha forjado el temple de tu forma, para el cual no existirá fuelle ni caldera que puedan adaptar o desfigurar lo que tú significabas, lo que eramos juntos.

El conocimiento de ésto es lo que me enfurece hasta las lágrimas y sofocar un grito, para simular el mantener la mínima traza de compostura; El ver unas desnudas piernas y la más incitadora sonrisa de delicioso carmesí buscando mis propias extremidades para acariciarlas, y el tener yo (¡Tener!) que apartarlas y cubrirme el rostro de su cándida mirada adornada de sombras y patiñes azules; Desdeñar por repulsión el idilio de una sola noche. Todo porque soy incapaz de amar si no eres tú.

La asombrosa tragedia; El perderte y haber aprendido el significado del amor, de los deberes y las inclaras aluciones de la razón hacía él, para no poder usarlas nunca jamás; ni ese nuevo saber, ni las capacidades hacía tu cariño que nacieron de esa ruptura. La perfecta ironía, el más fino castigo olímpico sobre algún condenado del Hades ¿Pudiera esta historia sobrepasar la pluma de Esquilo en su momento?

Por eso la frustración y desprecio por todo lo amoroso que se expresa en un pareja, porque el más soberbio de los cariños yace en mí, y sería lo mismo su localidad en la muerte o la negrura del Maelstrom debido a que ya no se puede dar; Libre de culpa, para tí, y el recibirlo tú, libre de miedo por él.

Así que, si acaso esta nada que es la relación entre nosotros parece atrapar un confuso hilillo de algo que se pudiera llamar amistad, entonces ten reparo y comprende, por si algún día me ves furioso llorar.

10 sep. 2010

La noche velando en el hospital: Personas que se Conocen I y II

Nota: En serio, durante dos horas intente encontrar algo para ilustrar ésto; No hay foto, ilustración ni pintura en el arte abstracto que se acerquen a la impresión de tales personas. Ya ni modo, ahí será para la otra.


I-

Una mujer llora, gime, su voz no es de sollozo sino un lamento animal, el lamento de un vientre tan grande como la vida que escapó de su tío. Hace eco en las paredes y pasillos. Una tristeza de bosque inmenso, de venado herido.

Tres hermanas, tan similares en edad a las mías interrumpen sus lágrimas de ratón para ver de donde proviene esa respiración de cascada. La madre de ellas sigue la mirada de sus vástagos para contemplar con terror , con suplica en las mejillas, pidiendo para que la profundidad de esa garganta no arrastre a su familia y su diminuto despecho en comparación con el de ella.

Sigue resonando, como canto de montaña, un último gorgoteo de volcán. Pasan los minutos y la fuente de esa voz sale a donde todos esperamos que las noticias de nuestros amados no sean tan terribles; Que la muerte la llore esta inmensa mujer. Que lo malo en egoísta deseo le suceda a otros. Ella puede sufrir por todos, ese mal le cabría en el pecho.

El tamaño de esa hija de Eva es colosal, podría pasar como una figura antiquísima en la colección de un museo, toda ella una esfera que representa las dimensiones y la mujer de toda la tierra. Su piel, arcilla antigua y el rostro brotando de ese cuerpo un retoño de alubia en una maceta pensada para contener un olmo.

II-

De la cartelera y galerías de personajes curiosos a lo largo y duradero de mi vida a las que mi mente aún se puede sujetar, he añadido una hoy del más grande particular. Es una persona que conocí en el hospital, ella tenía que velar a su hijo, yo a mi madre. Como en toda vela, en algún momento posterior a la hora del lobo, todos en la sala de espera tratan de acomodarse de la mejor manera posible en sus pequeños asientos y tratar de dormir, eso me obligo a escribir lo que leerán.

Su seño, si lo vieran, jamás podrían creer que pertenece, que ni siquiera semeja parentesco con lo vertebrado, ni que decir de origen humano. Su edad también es indeterminable, podría estar entre los treinta y cinco y los diez millones de años, porque su piel es como la del plástico quemado que de alguna forma logró conservar su color original; un rostro de bosquejo en cera abandonado por el olvido a medio hacer sobre una base de piedra pómez, exactamente parece eso.

Tienen la voz de un murmullo regurgitante de pantano despidiendo gases a la oscuridad. Sus ojos, una gota de negro disolviéndose en un remolino carmesí en una de esas fotos con relieves creadas para ciegos y que sólo aquellos con capacidades de conocer el color y esas proyecciones especiales para los invidentes sabrían reconocer. Todo ésto en unas cuencas que son como las aperturas de tristes claraboyas de los cerros huecos de mármol a la distancia sobre la carretera.

E inclusive, todo lo anterior compactado en un rostro sobre un cuerpo de un metro cuarenta, lo que hace aún más inverosimil la propiedad inicial que me ha obligado a este momento helado anterior al amanecer para escribir semejantes líneas que sólo los geográfos no daltónicos especialistas en edafología porían llegar a acercarse con suficiente imaginación; Ese detalle, es su ronquido, con el volumen del más terrible derrumbe interrumpiendo la perenne mutedad de la cañada, sus dientes también como los restos de semejante accidente (Lo cual deja abierto todavía el paréntesis de un posible origen mineral y no el ascendente animal que suponemos propio a lo que tiene especie), a demás también borbotea seco su ronquido como una roca cayendo por las paredes de un pozo con origen en el mismo infierno, y finalmente, con la tesitura de mil manos frotando un globo infinitamente largo al unisono.

Que asombroso prodigio es esta señora, con sus ojos, dedos y extremidades en el mismo número que nosotros, me parece también sus proporciones, pero nadie me tacharía de otra cosa sino de exagerador y embustero si usara la palabra humanoide en su descripción.

Tal es la nueva carta a mi baraja de personalidades inverosímiles que colecciono.

8 sep. 2010

Que Largo es tu Cabello



Que largo es tu cabello y todo el castaño oscuro que surge de tí; Tus ojos, tus pecas. Y el contraste con el rosa pálido de tus labios. Que hermosos es tu cabello, la calma marea de obsidiana al final del ocaso.

¿Siempre fue tan apabullante tu belleza o así te has vuelto al dejarme? Los razgos de esa tristeza ya no surcan tus sienes. Tengo la tonta sensación de haberme quedado con esas marcas. Un cambio justo, mi amor de viento por tus tristezas, y la duración de ese hechizo mientras uno no repita el nombre del otro.

¿Alguna vez has abierto los ojos de un sueño, sin sopor ni descanso, simplemente una inmediatez de los caprichos del tiempo y el saberse vivo? Donde sabes un ruido ha sido el que te ha despertado, pero igual que la memoria de ese sueño inasequible desapareció en el destello de una luz. Yaciendo ahí, inmóvil, con la respiración y el corazón enmudecidos, sabiendo que tienes que esperar ya sea un murmullo, una reminiscencia de ese sonido desconocido y vivido, pero que necesitas recordar. Todo depende de eso, la reconciliación del reposo, el volver a inhalar el aire del mundo, sentir tu pulso, recobrar la imagen de que eres tú y que por eso el tiempo existe, que el universo vuelva a moverse en esa habitación de verde tibiesa en la intuida medianoche de un Domingo. De esa forma espero tu belleza resurgir a mí de todas las cosas. Como esa espera, la interrumpe una nimiedad, el péndulo dorado del reloj en la sala, las ruedas de un automóvil sobre una lejana calle mojada por la lluvia e iluminada por los reflejos de frío tungsteno. Parpadeamos y se reinician las horas, volvemos a controlar nuestro cuerpo y la sensación de pies cubiertos en la cama, pero algo se ha perdido invariablemente. Como una canción que adoramos mientras la escuchamos mas que jamás volvemos a encontrar, algo de la belleza en la vida se retira de forma eterna por no ser ese sonido que nos hizo despertar, el que detuvo la constricción universal, del que era en secreto nuestra felicidad. Así, mujer linda, aguardo a que el rededor que es todo me hable de tí.

Me agradaría el dejar de ser tan “Yo mismo” para dejarme amarte y que me amaras nuevamente; Libre del gran engaño y disculpa que soy; Alejado de toda esa melancolía que grita soledad que se me escurre con el sudor. Pero como es el destino y así mi sino seguramente es eso lo que te gustaba tanto de mi persona en primer lugar.

Esta imposibilidad de librarme de mí mismo en alguna forma me recuerda a esa figura; La del soldado que pierde una bota en la nieve y conserva la otra para cuando un día, si la calamidad constante lo volvía a alcanzar (Púes era una condenadamente buena bota), pudiera guardarla para esa vida posterior. Pero el pie que le terminan amputando años después (porque no era sino el desastre el rastro de su camino), es el de la bota que no perdió.

5 sep. 2010

En el Campo de Flores (Flickr Update)



En el Campo de Flores, originally uploaded by nicaprio.

Rascandole a las viejas fotos de éste año, encontré unas que creo deberían aunarse en mi colección para que ustedes las vean.

3 fotos añadidas a la colección. Sólo le dan click a la imagen y los lleva para allá

2 sep. 2010

Lo que estamos leyendo: Pedro Paramo


Hace Tres Días


Mi madre ha iniciado a cultivar la desesperación femenina, tan propias de aquellas que son madres, como modo de alargar las horas y todas las cosas. Los espacios se hacen más largos, mi cuerpo ya también ajeno se siente largo. Las largas mañana y las vigilias ahora son eternas.

Empieza a contagiarse esa desesperación, por la espalda, asentando su campamento de forma permanente en el cuello. Que insoportable la incertidumbre sobre la vida ajena, tan diferente de la tibia y en comparación comfortable incertidumbre propia.

En la madrugada buscaba resurtir mi mochila con alguna lectura, nada muy nuevo. “Releer otro clásico” pensé. Mis obras completas de Alan Poe se les presento a mis recuerdos coqueteando con zumbidos de intranquilidad taciturna, pero como todos los detalles que me hacen recordar mis antiguos amores; Los viejos boletos, las deshilachadas pulseras que fueran bandera de una promesa que al final también quebré, una funda para encendedor de naranja resina que primero fue un obsequio de amistad para convertirse luego en un documento de cariño, la pequeña y pulsante roca de Jade como la ilusión de un futuro que se desvanece cada día más, como todo eso, Poe reposa en una caja de detergente en compañía de otros autores que fueron para mí padres y hermanos mayores que me heredaron esta tristeza de novela inglesa que resbala de mis dedos y sienes en las horas en las cuales imagino a un grupo de lobos negros, engendrados por el hambre de ciudad, recorriendo las calles vacías y los sahuanes. No, no Poe esta mañana de luna menguante, no Poe para esperar en el hospital.

Acaricie y recorrí las distancias kilométricas a escala que son las superficie de los lomos en los libros durmientes del cuarto en el que ocupo un lugar de sombra; Libros de ecología en un piso superior, libros recién leídos sobre soles con lama en otro estante, acerca de séptimos hijos y hasta abajo como un historial de vida descendiente, libros infantiles los cuales mis ojos de infante repasaron hace demasiado, muy niño para entenderlos, ahora, bajo la mirada que sólo tienen los libros, muy adulto para quererlos. En otro lado, novelas viejas olvidadas por mi padre cuando seguramente prometía en juvenil desazón que los haría suyos en su corazón, promesas a otras personas también amorosas y rebeldes por ser jóvenes, el leerlas para nunca crecer; Esas novelas de Castaneda, de Follet aún se sienten vírgenes a mis caricias, mi padre jamás las tocó, jamás las entendió.Recorro el librero de mis hermanas con sus novelas de fantasía y un viejo Tom Sawyer del Mississipi alquitranado por la cera y la mugre, una Amiga Flicka regalo de un bibliotecario amigo de la familia, cuando las amistades de mis padres se preocupaban más por el saber y sus bebes que por Jesucristo, su trabajo y la decepción en la que terminaron esos bebes ¿Cuántas veces había yo repartido tacto sobre esos textos de todos los muebles buscando uno que me regresara el calor? Cavilando lo histérico de este ejercicio pasé mis yemas por una vieja edición encuadernada de lustroso azul marino y dorados grabados: “Pedro Paramo y El Llano en Llamas, por Juan Rulfo”. Hace tanto de aquella visita de adolescente a Comala, tan niño y empujado por una maestra de literatura, su estirado chongo y sus exigencias escolares a entender el polvo en las calles de ese pueblo, lo indiferente de sus lluvias de verano y el calor de la canícula e Agosto resecando todos esos espectros. Parecía una elección razonable.

Como celoso y desconfiado hombre en el que me transforma la bruma anterior al amanecer, abrí las primeras páginas buscando en ellas un pasado, una marca, un perfume que sobrepasara sus olores y arrebatos de libro viejo, entonces enconrté un nombre, Charlene Jung, escrito en barata tinta azul y rúbrica estirada, una manuscrita tan similar a la mía, mas con el cuidado de haber sido dibujada por un pulso menos temeroso, el nombre escrito en el estampado de bosque bermellón en las tapas interiores. Charlene, yo había escuchado ese nombre ¿Era la señora de sociedad que empleara a mi hace ocho años muerta abuela en sus tiempos de vigor juvenil antes de que se apagara su mirada de brillante plata a la del gris mármol?

Se sentía bien y correcto el libro para esperar en el hospital.

En estos pasillos con jardines de viento y paredes amarillas que son las mañanas por las clínicas he visto muchos muertos, llegado a salas a ver personas dormidas un momento y al minuto siendo veladas: Por fortuna, ningún muerto de ellos me ha pertenecido. Las tardes grises sin ser frías son muy diferentes, todo descansa y la luz se estira con el cansancio de los enfermos. Un lugar y tiempo donde los ojos se entrecierran mientras el correr del aire que anuncia el otoño se diluye en el trote de un paseo.

Fantasmas y Muertos, en lo nocturno de luna indiferente, como otra enferma que cubre sus llagas con un velo de vapor brillante hasta esconder su avergonzado rostro entre los edificios, en Comala, muertos, en mis párpados y sueños. Debí comenzar a sospechar este tiempo de cuando barnizaba y etiquetaba con tatuajes de pluma fuente los gruesos y pardos huesos de las personas abandonadas en la vieja facultad de medicina, o del amor de mi vida que acampaba sobre tumbas durante semanas. Pero ni profesión ni el amor en toda la oscuridad que encontré en el hueco de esos brazos son los que me tienen frente a una marcha de cinturas delgadas cubiertas por batas blancas durante horas, sino los frutos de la desesperación femenina que provienen en paquetes de sudores de mi madre, minuto a minuto, alargandose hasta dejarme todavía en el Lunes en que todo ésto inicio.

Como a todos los fantasmas, el tiempo no tiene nada que ver con mi adormilada conciencia ¿Por qué sigue siendo la mañana de ese Lunes? Porque me contagié de mi madre y este, su hospital.

-No se te olvide cerrar la puerta cuando te vayas-.”

Y el mozo de la Media Luna se fue.”

-¿has oído alguna vez el quejido de un muerto?-me preguntó a mí.

-No, doña Eduviges.

-Más te vale.