29 sep. 2010

Final del Verano


Hoy desperté en la casa de una amiga. Toda la luz del medio día transformando en reflector a las cortinas de la ventana sobre su cama.

El sabor de la noche , de lo larga que fue y una cena grasosa me recorría las encías. Había devorado la noche y en esta ocasión el sabor se quedaba conmigo.

Mi amiga ya se había levantado, bañado y preparado antes de que pudiera yo siquiera acercarme a algo que simulara un estado despierto. Mientras tanto, yo me tallaba la cara queriendo remover la luz de luna llena que me había caído encima y la luz de sol que ahora entraba; Todo como agua sucia, como si realmente pudiera removerse, tal vez también se iría con la culpa de cada despertar. Nunca lo hacen.

La tarde y noche anteriores las había yo pasado con ella en la sala del pequeño departamento que compartía ella con otras cinco personas; Escuchandola hablar sobre su exnovio, la tristeza de los días pasados y lo ridículo de los aquellos por venir. Conforme hablaba sobre estas cosas, yo me imaginaba en su situación, tratando de entenderla porque su situación se parecía tanto a la mía. Al terminar sólo pude responderle con palabras que me sonaban tan tontas, con consejos vacíos. Los que dicen que uno así como escribe, habla, son unos mentirosos; Al hablar soy tan plano, tan tonto y simple, por eso fue el único tipo de palabras que pude darle.

La noche anterior se dejo caer con la lluvia y nos encerramos después de esa charla a ver un par de películas, porque siempre cargo películas en el ipod, lo que se debía por supuesto que ya detestaba el cine actual con sus giros obvios y malos en los finales, por lo que traía esa ocasión un cúmulo de películas de Ingmar Bergman. La primera sobre una mujer hermosa salida del ideal sueño de algún victoriano, de como conocía a una anciana escritora ganadora del noble. Yacían ambas en un estudio de cine donde la preciosa dama sólo rondaba para ver a su amante el director, la anciana para ver las pruebas de fotografía sobre una adaptación de una de sus novelas al nuevo hito cinematográfico de mil novecientos veinte. Una trama sobre la sensibilidad de una artista joven, de una artista vieja, la figura del padre alcohólico y el terror que esa sutileza y fuerza femenina causa sobre la mente del históricamente imbécil género masculino.

Durante toda la película mi amiga sólo podía repetir lo hermosa que era esa mujer. Por mi parte, como soy, deseaba antagonizarla, mas no encontré ningún argumento para pensar diferente que ella.

La segunda la acompañamos con una pequeña copa de brandy llena de tequila que un pretendiente suyo le regalara. La botella portaba un nombre gracioso, “ El Fierro del Patrón”, eso no hizo reír esa risa de compañía que escapa cuando algo no divertido del todo desea verse cómico, para matar lo que sabíamos sería una velada distante, cada uno haciendo sus introspecciones queriendo hallarse en el arte que se proyectaba sobre la pantalla. “Un verano con Monika” se llamaba el filme, sobre dos adolescentes y el amor de verano y juventud más perfecto que pudiera imaginarse bajo el cielo checoslovako y del más horrible terror y abandono acerca de lo que se quiere perdido para el otoño. Eso y el recuerdo de que esa noche terminaba el verano con la luna llena, me invadió de tristeza.

Al terminar de verlas, apagamos las luces y la computadora, ella se recosto en su cama, yo invadí un colchón en el suelo propiedad de una compañera suya que no regresaría esa noche. Ahí acostado los ruidos que nos llegaban a ese sexto piso me sobresaltaron varias veces, también el ´sonido de alguien al llegar, otra de sus compañeras arribando bien pasada la medianoche. En algún momento eso me obligó a contemplar el techo, a recorrer las paredes con mis manos a paso de insecto, a pensar en el sutil olor a mujer en la almohada en que recostaba la cabeza, para finalmente dormir horas después con la pregunta cruzando por mi mente de porque seguía ocupando sólo una orilla de la cama como si un viejo amor o su fantasma pudiera llegar para compartir ese espacio.

La conciencia de que al fin era mañana de otoño, la cercanía de mi cumpleaños, los sabores de la noche y yo acompañamos a mi a miga a la facultad donde la conociera. Al llegar, por mi mente cruzaba la idea de que ya no conocía a nadie por esos pasillos. Me despedí de ella y puse camino hacía un teatro, tal vez aún era momento para llegar a esas presentaciones de danza que frecuente tanto la mitad del año, donde vería mujeres hermosas representando el alma de una coreógrafa ya muy vieja.

En el camino furtivamente cazaba la esperanza de encontrarme con algún amigo. Llegué al teatro sin encontrar a ningún amigo, fue demasiado tarde para la presentación, así que decidí recrear una vieja rutina y sentarme a la sombra de un árbol a leer, mientras tanto, el horrendo lugar donde vivo y todos sus reclamos podrían esperar.

En la banca de siempre, un libro distinto, ahora trataba sobre una niña y un horroroso futuro lleno de muerte, yakuzas, drogas y monstruosidades médicas y tecnológicas de un cyberpunk decadente. Unas pocas hojas y mi pierna tiembla, es mi teléfono, un mensaje con cuerpo de puros números y un remitente extranjero, con un símbolo de más. No sé que es, pero pienso que es tal vez de ese amigo tan amado y descuidado en Long Beach mandando ayuda. Un poco más de culpa, la lectura y la música trip hop escapando de mis audiofónos me llenan de ansiedad, opté por irme de ahí.

En el camino una preciosa mujer de ojos avellana que casi parecen grises, un golpe y la imagen de un viejo amor me detienen. Tengo que llegar a esa plaza de parque, para poder sentarme y escribir ésto que leen, después pasearme por esos lugares encantados con su presencia y buscar su fantasma alimentando el absurdo de que podría ser que la encontraría a ella y sus brazos llenos de perdón; Tal vez en alguna cafetería de las que frecuentabamos, o a las puertas de esa escuela donde espera ella un día salir como bailarina profesional, tal vez aquí mientras escribo sobre ella con semejante invocación se siente a mi lado, tome mi brazo, recargue su largo cabello oscuro en mi hombro y me pregunte sobre que ando escribiendo. Así podría responderle que es acerca de ella, de como la extraño porque es otoño, porque nuestros cumpleaños se acercan. También le hablaría de las tardes cuando el terror me llena y salgo a caminar sin rumbo hasta encontrarme no poco sorprendido a la puerta de su casa y que jamás me atrevo a llamar para preguntar por ella. Pero eso no ha pasado, ni ahora ni las docenas de veces que he repetido esta rutina tonta y romántica de encontrarla así sólo porque el lugar y el momento eran correctos.


En el tiempo que he estado aquí escribiendo el cielo se tornó negro. Tratando de ignorar la molestia de las parejas besándose, de esa especie amante a la que pertenecí en otra vida. Sintiendo las primeras briznas de la lluvia por venir y pensando en el tatuaje en el brazo de esa mujer con ojos de avellana casi grises sentada no lejos de mí; Un dibujo de un árbol de cerezo, con las raíces en su codo y las ramas en su hombro, en flor, con su tronco oscuro y los brotes en carmesí, de como todo eso en su deslavada presentación como una acuarela víctima de las tormentas y envejecida por algún desazón es espectro de todo lo que se llama otoño, de ese amor olvidado a disponerme nuevamente a buscarla, del andar enamorado de esa obsesión y esa tristeza suya que me hacía compañía.

El día volvió a finalizar y mi búsqueda sin éxito, tal vez el martes, otro día para repetir esa rutina.