2 sep. 2010

Lo que estamos leyendo: Pedro Paramo


Hace Tres Días


Mi madre ha iniciado a cultivar la desesperación femenina, tan propias de aquellas que son madres, como modo de alargar las horas y todas las cosas. Los espacios se hacen más largos, mi cuerpo ya también ajeno se siente largo. Las largas mañana y las vigilias ahora son eternas.

Empieza a contagiarse esa desesperación, por la espalda, asentando su campamento de forma permanente en el cuello. Que insoportable la incertidumbre sobre la vida ajena, tan diferente de la tibia y en comparación comfortable incertidumbre propia.

En la madrugada buscaba resurtir mi mochila con alguna lectura, nada muy nuevo. “Releer otro clásico” pensé. Mis obras completas de Alan Poe se les presento a mis recuerdos coqueteando con zumbidos de intranquilidad taciturna, pero como todos los detalles que me hacen recordar mis antiguos amores; Los viejos boletos, las deshilachadas pulseras que fueran bandera de una promesa que al final también quebré, una funda para encendedor de naranja resina que primero fue un obsequio de amistad para convertirse luego en un documento de cariño, la pequeña y pulsante roca de Jade como la ilusión de un futuro que se desvanece cada día más, como todo eso, Poe reposa en una caja de detergente en compañía de otros autores que fueron para mí padres y hermanos mayores que me heredaron esta tristeza de novela inglesa que resbala de mis dedos y sienes en las horas en las cuales imagino a un grupo de lobos negros, engendrados por el hambre de ciudad, recorriendo las calles vacías y los sahuanes. No, no Poe esta mañana de luna menguante, no Poe para esperar en el hospital.

Acaricie y recorrí las distancias kilométricas a escala que son las superficie de los lomos en los libros durmientes del cuarto en el que ocupo un lugar de sombra; Libros de ecología en un piso superior, libros recién leídos sobre soles con lama en otro estante, acerca de séptimos hijos y hasta abajo como un historial de vida descendiente, libros infantiles los cuales mis ojos de infante repasaron hace demasiado, muy niño para entenderlos, ahora, bajo la mirada que sólo tienen los libros, muy adulto para quererlos. En otro lado, novelas viejas olvidadas por mi padre cuando seguramente prometía en juvenil desazón que los haría suyos en su corazón, promesas a otras personas también amorosas y rebeldes por ser jóvenes, el leerlas para nunca crecer; Esas novelas de Castaneda, de Follet aún se sienten vírgenes a mis caricias, mi padre jamás las tocó, jamás las entendió.Recorro el librero de mis hermanas con sus novelas de fantasía y un viejo Tom Sawyer del Mississipi alquitranado por la cera y la mugre, una Amiga Flicka regalo de un bibliotecario amigo de la familia, cuando las amistades de mis padres se preocupaban más por el saber y sus bebes que por Jesucristo, su trabajo y la decepción en la que terminaron esos bebes ¿Cuántas veces había yo repartido tacto sobre esos textos de todos los muebles buscando uno que me regresara el calor? Cavilando lo histérico de este ejercicio pasé mis yemas por una vieja edición encuadernada de lustroso azul marino y dorados grabados: “Pedro Paramo y El Llano en Llamas, por Juan Rulfo”. Hace tanto de aquella visita de adolescente a Comala, tan niño y empujado por una maestra de literatura, su estirado chongo y sus exigencias escolares a entender el polvo en las calles de ese pueblo, lo indiferente de sus lluvias de verano y el calor de la canícula e Agosto resecando todos esos espectros. Parecía una elección razonable.

Como celoso y desconfiado hombre en el que me transforma la bruma anterior al amanecer, abrí las primeras páginas buscando en ellas un pasado, una marca, un perfume que sobrepasara sus olores y arrebatos de libro viejo, entonces enconrté un nombre, Charlene Jung, escrito en barata tinta azul y rúbrica estirada, una manuscrita tan similar a la mía, mas con el cuidado de haber sido dibujada por un pulso menos temeroso, el nombre escrito en el estampado de bosque bermellón en las tapas interiores. Charlene, yo había escuchado ese nombre ¿Era la señora de sociedad que empleara a mi hace ocho años muerta abuela en sus tiempos de vigor juvenil antes de que se apagara su mirada de brillante plata a la del gris mármol?

Se sentía bien y correcto el libro para esperar en el hospital.

En estos pasillos con jardines de viento y paredes amarillas que son las mañanas por las clínicas he visto muchos muertos, llegado a salas a ver personas dormidas un momento y al minuto siendo veladas: Por fortuna, ningún muerto de ellos me ha pertenecido. Las tardes grises sin ser frías son muy diferentes, todo descansa y la luz se estira con el cansancio de los enfermos. Un lugar y tiempo donde los ojos se entrecierran mientras el correr del aire que anuncia el otoño se diluye en el trote de un paseo.

Fantasmas y Muertos, en lo nocturno de luna indiferente, como otra enferma que cubre sus llagas con un velo de vapor brillante hasta esconder su avergonzado rostro entre los edificios, en Comala, muertos, en mis párpados y sueños. Debí comenzar a sospechar este tiempo de cuando barnizaba y etiquetaba con tatuajes de pluma fuente los gruesos y pardos huesos de las personas abandonadas en la vieja facultad de medicina, o del amor de mi vida que acampaba sobre tumbas durante semanas. Pero ni profesión ni el amor en toda la oscuridad que encontré en el hueco de esos brazos son los que me tienen frente a una marcha de cinturas delgadas cubiertas por batas blancas durante horas, sino los frutos de la desesperación femenina que provienen en paquetes de sudores de mi madre, minuto a minuto, alargandose hasta dejarme todavía en el Lunes en que todo ésto inicio.

Como a todos los fantasmas, el tiempo no tiene nada que ver con mi adormilada conciencia ¿Por qué sigue siendo la mañana de ese Lunes? Porque me contagié de mi madre y este, su hospital.

-No se te olvide cerrar la puerta cuando te vayas-.”

Y el mozo de la Media Luna se fue.”

-¿has oído alguna vez el quejido de un muerto?-me preguntó a mí.

-No, doña Eduviges.

-Más te vale.