17 jul. 2014

Si en el nombre está la penitencia.





Si el nombre es la penitencia, nuestro personaje estaba perdido.

 La falta de enfrentamiento entre sus padres por el bautismo y la negación a escoger uno u otro de una lista de nombres le había dado a la mejor usanza de familia romana un montón de nombres. Cada uno lo aunaron a sus apellidos como cargando vagones de más a una vieja locomotora en sus últimos días.

 Definitivamente no sería un Augusto, no tenía las capacidades ni una Livia que persiguiera sus pasos, no sería un Tito o un Andrónico,  mucho menos un Calígula; No era tan monstruoso. Pero tal vez podía ser un Claudio. Ya saben, tartamudo de los nervios,  tullido para la intriga y el deporte. Su nombre no era Cesar Augusto Tito Livio Andrónico Calígula pero su situación era muy similar.

Su primer nombre era el de su padre y el de su abuelo. De personas trabajadoras pero tontas que nunca respetaron más que a sus propias personas y que demostraron ese egoísmo con creces. Yacía ahí la primera condena. 

Le avergonzaba el nombre y afortunadamente terminó rezagado a documentos de los primeros días de su nacimiento, siendo que pocos lo conocieran por tal. Y mucho menos el peso del pasado que su ascendencia colocaba en sus hombros. La condena de esta inicial lo perseguiría quisiera o no incluso frente al espejo. Pero el nombre heredado sólo es interesante si trae una serie de infortunios, significados o glorias de las cuales el receptor no tiene nada que ver. Los otros dos son los que eran interesantes.

Su segundo nombre era el mismo que el primero de Allan Poe, también el primero de Burrroughs y el de Degas. Después del primer contacto de una boca carmín de hermosa sonrisa se había encendido la mecha que terminaría por explotar en su personalidad y sufrimientos. Como Allan conocería su Berenice, Morella y aquella que los ángeles del cielo llaman Leonore. Siendo que, taciturno en la plutónica su memoria al retrato de su amada las sombras crecerían. Con su memoria en una tumba el desganado sopor y miedo vencería los polvos del sueño. Su melancolía se convertía en terror y la magra guardia nocturna de su enfermo corazón en el trago agónico de lo nocturno. Las imágenes en los cuadros crecerían como la presencia de un animal de caza en la oscuridad del bosque. 

Su tercer nombre significaba lo mismo que la romana Venus; La belleza sin paragón, el amor que como la vida surge del mar. Pasión complaciente de Sandro el esclavo de los Medici. También era igual al hijo prodigo vencido de orgullo, el condenado al abismo último de los mundos y la oscuridad sin fin, aquel que en el último círculo tiene su trono, el más hermoso de la creación y antagonista de todo lo que es amor; La estrella de la mañana, Lucifer.

Genética de la sintaxis por infortunio de un ejercicio de Cabahla.

Que perdido estaba.