1 may. 2015

Viviendo miles de años.




Vivir 4000 años, o un poco menos; La oportunidad de generar un juicio y memoria incluso subconsciente de cada situación posible. 100 años de dedicación a una única habilidad te convertiría no sólo en una eminencia en 400 campos y especialidades. También te daría la asombrosa suma de toda esa experiencia, si tan sólo el conocimiento fuera acumulable.
Ahora, el vivir tanto no te convierte en un super humano, solamente pone tus capacidades ya existentes en una posibilidad de experiencia de 50 generaciones. ¿Cómo se podría recordar la infancia en la madurez? Mas en un análogo que suma vidas y vidas.


Aun así el cerebro tiene capacidades sobre las cuales desconoce su límite si el detrimento y el perecer no le fueran inevitables a tan corto plazo.
Tal vez en dos milenios podamos recordar el primer beso, o una cicatriz en el codo encerrando las memorias dentro de la primer década de vida.


El cuerpo mismo tiene muchas maneras de recordarle a la mente sus excesos, descuidos, lecciones e infortunios.


La memoria no es continua, y la mnemotecnia que utiliza se basa en los recuerdos y consecuencias sobre el cuerpo que la porta, sobre la cotidianidad de patrones, sean etológicos o de percepción; En un cúmulo de cuatro mil años ¿La automatización de la conciencia podría ser perfecta?


Toda la mente afinada a cada evento, situación y posibilidad plausible dentro de los parámetros del contexto. Por supuesto, sin mayor propósito que la continuidad de su existencia.


No, no es posible; Sus capacidades son dinámicas y adaptables, así como el universo que habita. El pozo de su creatividad es incomprensiblemente enorme. Aún deprivado de sus sentidos, la mente crea sus propias percepciones. Sus mecanismos de vida en sí misma lo exigen.


Imagino un feto de probeta, creciendo en un tanque de deprivación sensorial hasta el desarrollo del producto completo. Una placenta artificial realiza el ciclo de nutrientes que evita la activación completa de órganos respiratorios y digestivos. Pero aún en la ingrávida oscuridad de ese útero, el cabello crece, la apoptosis transforma muñones palmeados en dedos y pies, y lo más importante, el corazón late. Un ritmo, un metrónomo que regula estando sano, toda otra variedad de ciclos y metabolismos.


Un agente de entrada para información, que es irremplazable en tal papel.


En el silencio más absoluto el corazón e inclusive la dilatación de vasos es audible en su ejercicio. Con todo y se naciera de creación sin sentidos, la sensación, el pensamiento, el instinto y principio fundamental de la existencia como cerebro es que el corazón tenga un latir. La mínima variación le daría a la mente una diferencia de pautas sobre las cuales imaginar y recordar posibilidades infinitas en permutación a tres dimensiones: Ritmo, pausa, y la duración de ambos.


Un cerebro tiene por principio que el cuerpo en su dependencia funcione, es su función estructural mecánica, adaptativa. El encerrar una mente imaginativa es una consecuencia evolutiva secundaria y muy costosa energéticamente; Un cerebro no necesita de una mente para funcionar, y mientras una mente no se pueda almacenar artificialmente, el simple contraer del corazón le dará universos para imaginar y desarrollar.


El nacer humano hace intrínseco que el metabolismo llene de información la mente. Mientras el contenedor de la mente sea perecedero con alimentación de los sentidos, e impuesto a una gravedad perceptible a nivel funcional, la mente tendrá caós de magnitud universal para soñar.


Es entonces cuando se elimina el factor de existencia finita, que sus capacidades y límites escapan del conocimiento, porque no existe evidencia alguna de que sucede con la mente a tan largo plazo.


Lo más razonable es creer en las limitantes cognitivas y racionales del cerebro óptimamente sano en la media de vida humana.


La memoria no puede recordar todo.


Toda conexión que mantiene una memoria, si no es utilizada, reciclada, referencial a otras memorias o reforzada incluso por el misterio del sueño, se pierde. Sus conexiones decaen, mueren en una pequeña explosión de luz, se mueven y utilizan para otra cosa. La muerte de algo que representó un momento de existencia.


Entonces, la conciencia descansa sobre cada cicatriz de experiencia previa, de sus alegrías y hambre de continuidad. Se conserva lo que te hace seguir vivo, lo que crees que es importante para seguir vivo. Lo demás son vestigios borrosos de la existencia, del tiempo cuando lo llamábamos ahora, entradas que funcionan como índices de una librería infernal.


Para una mente de cuatro mil años, su resiliencia a ese peso es desconocida. Tal vez la demencia como destino. Una intoxicación de tanta vida para la cual jamás se concibió, para la cual tal vez sea una pobre herramienta. Tal vez una serenidad de la adaptación rápida en respuesta a tantas experiencias acumuladas, el ensimismamiento retórico como un refugio en opuesto diametral a la demencia. O solamente la misma mente incapaz de madurar más allá de sus propias capacidades, desechando recuerdos, soñando, buscando el continuar su vida cubriendo las necesidades metabólicas y autocreadas como componente cultural del ser, como mente; Una persona adulta con un millón de días exactamente iguales en potencial al de cualquier persona.

La mente no cambia, sólo se adapta para cumplir la directiva primaria, seguir vivo.