29 abr. 2015

Lunar



El sabor de lodo en el agua; el deje metálico, partículas de tierra bailando entre los dientes. El sabor es fresco con el olor de hojas verdes olvidadas en el suelo después de la lluvia.

Noche de luna gibosa en un bosque negro. Sigo bebiendo, deshago con mis dedos la huella en el suelo que me sirve de plato. Hincado sorbo de la tierra con mis labios.

El rastro es reciente, tal vez tanto como hoy.

Sólo fue una caminata cansada, algo de sed y un impulso; Por la negrura líquida goteando de las sombras y arbustos, de los brillos adiamantados techando el cielo. Tantos que se deben turnar para brillar.

No pensé que realmente sucedería.

Al tragar lo último bajo la noche de otoño, sigo la oscuridad con mis oídos. Entonces el calor inicia. Luz de luna cosquillea en mi piel como si el sol directo del atardecer. Una fiebre ligera e inmediata pienso con la costumbre de mala suerte, tal vez de andar en la lluvia con el viento sobre mi rostro. Pero mi respiración es profunda, clara, los sonidos con esa propiedad única de la naturaleza en silenciosa expectativa, cada murmullo un alarido, cada rama una orquesta de maderas, logro escuchar al mundo dormir y respirar. Abro los ojos e inhalo la noche.

Todo es tan claro, tan brillante. Los tonos grises del bosque son ahora vividos azules, una pintura hecha con los tonos del océano que se sabe profundo desde la superficie. Los negros desaparecieron, ahora sólo pequeños grises de una foto en que removieron todo el gamma. Me levanto y corro hacía un claro, la humedad, sensación y movimiento bajo mis botas demasiado presente. El bosque me inunda, me ahoga en sus olores; Lo perene del pino y oyamel, los restos de árboles pudriéndose, las heridas resinosas en tocones viejos, la casi imperceptible finura de flores perfumadas, tan sutiles, por todos lados, como el recordar el aroma de una amante. Puedo escuchar y oler el plumaje nuevo de un polluelo en las copas, el rocío en sus plumas, su pequeño corazón que a campanazos quiere ahuyentar el frío. Los restos de insectos en los charcos, el esqueleto enlodado de alguna sabandija en una sanja olvidada por una presa hace muchos días.

Hay otros olores, con color, con memoria, de cosas que ya no están ahí; Un espectro azul similar a las luces después de una caída, pero indeleble en su paso, entre plantas y hongos, flotando, el rastro de algo peludo, mojado ¿Enfermo?, ¿La enfermedad puede  tener un olor? No, no enfermo, muriendo. Puedo oler su cansancio, su olor produce sonidos de huesos viejos, de patas lastimadas, de piel derramándose sobre un cuerpo viejo. Puedo oler que sabe lo que viene a continuación. Pero no hay miedo, sin transpiraciones, u otro rastro de que la muerte que le escolta sea algo no bienvenido.
Hay muchos otros rastros similares, algunos son amarillos, naranjas. Esferas concentradas en las bases y el suelo, hablan de fuerza, de hambre, de necesidad por destacarse y defender esa necesidad. Puedo oler juventud, juventud femenina, salud. Oh, es tan diferente al fantasma azul. Tiene deseo donde el fantasma es aceptación, una pizca de algo nuevo, de sangre, de calor. Es una línea rosada que cruza y da vueltas por el bosque, las líneas que dibuja una luciérnaga a la distancia.
No puedo despegar mi mirada del suelo, mi nariz de la tierra. Puedo oler las historias del bosque. El mundo es nuevo completamente, todo grita por atención. Me detengo, respiro profundamente otra vez, y miro al cielo por primera vez.

No me puedo mover, el espectáculo me hipnotiza. Luces, luces, tantas estrellas, tanto brillo. Pinceladas de cuarzo cruzan el firmamento de horizonte a horizonte, todo salpicado, y aún entre la profundidad se distinguen pinceladas de colores, volutas de finas nubes con perfiles perlados que se retiran cansadas. Flamas y velas que deslumbran pero no lastiman, candelabros infinitos con el contraste de fondo que parece polvo de plata.

La alegría me inunda, ahora deseo ver la luna. Busco su disco entre la incandescencia blanca que cubre todo, la encuentro.

Duele ver lo hermosa que es, me destruye, me hace sufrir, me calienta como un regazo el sólo contemplarla. Quiero bailar, correr, entregarle mi vida, verla para siempre, quedarme ciego en vez de observar algo diferente a ella otra vez. Pero no puedo moverme. Éxtasis, esa es la palabra, éxtasis histérico, paroxismo selenoide. Como un demente, como un amante, como alguien feliz sólo puedo gritar mi placer, mi hambre, escapar completo en un berrido, una y otra vez. Si puedo pasar lo que me queda de vida llorándole no me importará nada más.
Abro los ojos, la noche con su millón de olores y concierto de vida aún adornan mi alrededor. Busco la luna, desconozco porque me quede dormido. Ahí está, a sólo instantes de desaparecer por el borde del mundo. Su amor electriza cada pequeño movimiento, en el latir de mi corazón, en cada fracción de mi piel. La luna me ama y yo la amo.

Comienzo a seguir las veredas hacía la cumbre, líneas de colores me guían, me llaman con instrucciones de pasos y seguridad.

Entre riscos bajo la luz completa del firmamento encuentro un animal muerto y la señal de los colores dice que me detenga. Lleva tan poco sin respirar, tan reciente como hoy mismo. A pesar de que mi cuerpo recuerda el hambre, los colores me dicen que no debo tocarlo.

Su olor es como del azul moribundo, pero con patinas verdes, de vida, de algo muy importante que se vuelve más importante por dejar de ser.

De las ligeras sombras salen los portadores de colores, aquellos que son fuerza, necesidad, deseo. Rojos, naranjas, rosas. Una manada, mi manada. De sus patas surgen cachorros que alegres comienzan a mordisquear al animal muerto. Algunos adultos les ayudan a remover la piel muerta sin olor, un cascarón café en sus patas, una carcasa suave sobre la espalda, rasgan para dejar descubierta piel de un rosa y blanco tenue, piel que sí estuvo viva, piel que oculta sangre.

Los cachorros comen, es lo correcto. Me lo dicen los colores, me lo dice la Luna suspirando su arrullo a mi corazón.

Respiro profundamente, puedo olerme, es el aroma de la tierra nueva, del mundo después de la lluvia, emanando de mí. Soy el azul brillante ya sin enfermedad, el azul que bordea la Luna. Me reconozco finalmente, mi manada me reconoce. Entonces gritamos todos de felicidad por el regalo de la Luna.