15 may. 2006

Un sueño de hace tres años

Y fueron varios sueños, todos extraños y poco lucidos, más siempre jamás del todo vedados a los caprichos de mi alma. Y queda "aquel", uno de esos que resguardan verdades terribles para el corazón y la tranquilidad del ser:

Una puerta, una reja oxidada en sus goznes por la humedad inherente al lugar, con el aspecto a desolación impuesto a todos los lugares que se desean olvidar.

El ambiente era el del ocaso, más bien verde que el gris adornado de las nubes. Una puerta, una reja vieja ocultando el inicio de de un túnel oscuro y profundo como lo es todo deseo inalcanzable. Solo una fisura barnizada de oxido y tristeza y de ella un tonto humano demasiado parecido al lugar, oxidado por las lagrimas y desolado por el deseo de olvida, únicamente y tan solo únicamente. Parecía aún poseer alma, aunque sus ojos ya se habían perdido en uno de los rincones inasequibles del recuerdo.

Sentía el renacimiento de su ser, bastardo parido por el vientre rocoso de un monte sin memoria y ahí, bajo aquel cuadro de lúgubre presencia y enferma mortecinidad buscaba en algún profundo recoveco de su ser algo que decir, algo que sentir, siempre con ese presentimiento que sabe a culpa y nerviosismo en la lengua de aquellos que solo han usado la boca para transfigurar palabras y amar en silencio. Y es entonces, cuando el momento de terrible verdad se acerca, cuando la mirada comienza a enfocar el mundo a pesar de ser sueño, existe la sensación, siente a alguien detrás suyo, un simple reflejo, un pobre impulso de que aún vive lo obliga a voltear al agujero en su túmulo-madre, a las insondables oscuridades de un lugar necesario.

Lo que vio le dio respuestas a las dudas que nunca pudo formular; era la mujer que amaba, la Indira que en secreto siempre acaricio a pesar de poder tocarla, lo que podía o no hacer importo a poco a los hilos invisibles y divinos que tiraron de su mano para extenderla a la dama que había plantado en su jardín secreto y se fusiono a un lado del dolor y la felicidad.

Su mirada, su mirada sin dudas, sin los en otrora temores de los “quizás”, puesto que se hacían realidad. Respondieron al tembloroso abrazo que se le ofrecía como solo en los sueños responden los sentimientos de cariño. Levanto su mano y entrelazo los dedos con los suyos; El miedo había terminado y con ellos el amor, el deseo, y el sueño que solo así podría realizarse.