28 nov. 2010

Jamás vimos la cabra voladora.

Escena de In effigie! Büchner´s Brain und die Fische sterben ewig 
de Peter Kastemüller


 En la mañana la fiebre poseía mi cuerpo, fiebre de enfermedad, fiebre obtenida de un edificio sin ventanas y con un mal aire acondicionado. Salgo una hora y media antes del compromiso, para llegar tranquilo y a tiempo, así sucede. En el camino leo la más maravillosa frase después de una de William Gibson para comenzar una historia:


"No, I´m sorry, Mr. Seligman, but i can take you hunting Late Mesozoic dinosaur."
-A Gun for a Dinosaur, L. Sprague le Camp.

Llego a la fuente, siempre es en una fuente el punto de reunión. Pasan minutos, como siempre inicio  a sospechar que no va a llegar. Tomo lugar en la fila mientras alcanze sombra.

Ella llega.

La conozco tan poco y me parece linda. Se ve linda. Me cuenta sobre como ayer se desvelo de fiesta, me hace ver el esfuerzo de levantarse temprano y verse así. ¿Para mí? No lo sé, lo dudo. Pero se ve linda.

Algo sucede en un patio lateral, algo de una cabra voladora, no alcanzamos a verla.

Entramos al foro, vemos una obra que creo es sobre lo inconcluso de la ficción, en algún momento como a la hora, ella sale, no regresa. ¿Fue por mí, había hecho algo mal, dicho algo mal? me pregunto mientras la obra continua hasta el final. Salgo del foro, ella está ahí, solamente no la dejaron regresar y se vió obligada a ir a el piso superior para ver la conclusión de la obra.

Apenas la luz del seco sol de invierno y y la picante sorpresa de canela que es su brillo en la piel nos saluda bajo la sombra en la que estamos, una nueva obra comienza al aire libre. Nos arropamos en ese sol sentados en el caliente cemento y reímos, reímos mucho, por lo que vemos, por lo que dicen, por lo que entendemos arrancando recuerdos de experiencias personales diferentes. No nos contamos nada, sólo reímos.

Termina todo en aplausos y el recordar que poseíamos piernas al sentir reclamo de entumecimiento por el tiempo así sentados. Mi rodilla se resiente, es sólo un minuto, las suyas dormidas nos detienen, se sujeta a mí, volvemos a reír.

Nos fumamos un cigarro y comemos cada quien un pescado diferente, no llegamos a ver a la cabra voladora nuevamente.

Entramos a otro teatro, un grupo de gente hermosa y alemana en un cuarto, en un cubo, sentados riéndose. Inicia la obra, inicia en alemán, no entiendo nada, ella tampoco, pasan cosas sobre pescados, quejas, un soldado, un número musical, nos damos cuenta que hay subtítulos en las cortinas superiores, las cosas parecían que tomarían sentido. Después de otras tantas cosas nos damos cuenta que eso no es cierto.

Salimos sin saber que pensar, mucha gente en el patio, trapecistas con pelotas danzando entre los edificios, faunos con farolas y lanzas en los pasillos, hombres  al inicio de la noche con pirotecnía a su espalda. Dura muy poco, nuevamente nos pérdimos a la cabra voladora.

Iniciamos a caminar, la charla suena un poco incómoda, no porque la pasaramos mal, sino que en todo lo que vimos hay abstracciones muy diferentes que escapan a las letras en ese instánte. Nos conocemos muy poco, se siente esa barrera de no saber como decir las cosas; Para ser uno, para ser sincero y para no aburrirnos mutuamente.

Nos despedimos en un abrazo corto, informal y aún así con todo el agrado de haber pasado una tarde maravillosa.

Regreso a casa y pienso; Por eso siempre he querido salir acompañado, porque alimenta las abstracciones, enriquece la experiencia el sólo estar sentado junto a alguien que conoces.

Ya no recordaba la última vez que compartí algo así con alguien. O ¿ Será la fiebre?