16 ago. 2009

Escrito hace un año: "Introducción a la Danzante."

El silencio es cálido en la negrura del escenario, se saborea y arrulla entre las paredes recubiertas de sedas y las mullidas alfombras con ilusiones de carmesí y ocaso en los suelos. La estancia, el silencio es confortable, y el escaso polvo en el aire se respira amigable, caí como una brisa a los píes en los mares de turquesa, pero semejante limbo de gentilezas sensoriales también encierra expectación, deseo, ambición de transformarse más allá de la nada que representan. Se siente en el temblor de las invisibles volutas en el aire, se siente en el calor conjunto de los asientos, en la sangre del espectador que ansioso aguarda más allá de este centro y tarima del cosmos sin luz alguna que resguarda mil quinientos sitios para los vivos.

Tres mil ojos cerrados, narices percibiendo los olores canelas y picantes del teatro, un solo ser con la oscuridad, paciente y ávido de gozo yace en calma, el universo del caos y de lo que no existe, la negrura primordial concentrándose en el primer vestigio de luz.

Un sonido surge del centro del todo, similan castañas chocando, muchas, muy cercanas, inicia y termina en fugaz nacimiento, su aliento se distribuye casi imperceptible por todo el recinto y resuena en cada extremidad, en cada posibilidad que proviene de lo negro. La uniformidad del sitio desespera hambrienta del cambio, el sonido aún se siente, su recuerdo se saborea una y otra vez. El mismo Sonido nuevamente, su volumen es insoportable por ser lo único que existe en el infinito, la llena con su resonancia, abarca los imposibles abismos sin rostro, otra vez, aún la primera explosión no cesa en su eco y memoria, otra vez la fuerza rellena los espacios, y así nace el ritmo, de fuerza, pausa, recuerdo y fuerza.

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