13 ago. 2009

Un día en el trabajo (escrito pretencioso número quinientos veintiocho)


Encerrado, techo bajo, sin ventanas, aún así siento corrientes, viento pegajoso acariciando con prisa, huyendo a donde sea contrario que pose los ojos, y todo comienza a pesar; los párpados, los huesos, el estanque y pantano entre los dientes, el puto dolor y la maldita soledad. La arena en el viento erosionando, llevando es suspiros granulados y aventuras de lejanía átomo a átomo, la aspiración a la que cedió el perfil de la esfinge.

¿Cómo una voz directa se convierte en el eco perdido del murmullo de los grillos?

No estoy solo en mi estadía, en órbitas compartidas nos hundimos todos en el cono de esta dimensión sin estaciones. No verano, no invierno ni sus infinitos ciclos de sol perenne y hielo de esculturas. Giro la mirada y encuentro líneas de terciopelo; Azules, grises, manchas tras los párpados de rojo y amarillo. Nebulosas distantes y su fotografías de hace un millón de años.Nosotros caemos, nos ignoramos en nuestro mutuo escaparate, acumulando el polvo y deseos de tantos que han pasado, hasta que alguien nos encuentre y absorba de regreso al tiempo de causales y posteriores. Así contemplamos sólo lo viejo en todo lo que vemos.

Escucho palmas batirse cansadamente, obligadas, lánguidas deseando regresar a su sueño y como perros repiten en eco la molestia de otra voz disfrazada de autoridad, un simple pescador que se cree dueño de la profundidad.