6 feb. 2008

Algo que encontré en un viejo cuaderno (bueno, no tan viejo)


7/Mar/07

Las razones por las cuales escribo ésto escapan a una total claridad de pensamiento; Tal vez sea por rellenar un espacio que ha estado demasiado tiempo vacío, tal vez sea sólo un ejercicio para tranquilizar mi alma con mi desgarbada y temerosa letra, pero al final tiene un ligero y conocido próposito escondido, que bien ya sabes cual es.

Conforme el tiempo pasa me entristece más y más la apatía mental de no tener nada que leer, ya que conforme avanzan las semanas cualquier material de lectura que posean mis amistades cercanas ya ha pasado por mis manos, y a veces, ni siquiera la suerte me favorece con alguna distracción y me quedó sólo yo y mi terrible yo. Antes desconocía el no tener nada que hacer, siempre encontré alguna amistosa sonrisa con la cual compartir una anécdota o encontraba inspiración en mi vida, mis sueños y placeres para proyectarlos en cuentos que núnca nadie ha leído o pinturas ahora una sobre otra como papeleo en un cajón. Mas mírame ahora, solitario como privadamente siempre sospeche que lo estaría, con tanta inspiración que ahora en mis otrora ejercicios de alma yacen olvidados, y por más que en momentos busco reencontrarme con la ambrosía artística, ésta escapa de mí, mi musa me rehuye con su nariz respingada siempre evitando mi cara. Mis pinturas yacen en una cómoda recubriendose de polvo, mis cuadernos de dibujo no han sentido la caricia de mis dedos de pincel en meses, y mis lapices se resignan a sólo garabatear notas escolares. Yo les digo que no teman, que volveremos a colorear al mundo con nuestras incongruencias,, y que sacudiremos una o dos mentes cuando contemplen nuestras travesuras. Pero aún así, siento de modo profundo que les miento, que se ha terminado todo.

Muchas veces me grito que lo anterior no es cierto, que me queda tanto talento como vida, pero al desempolvar acuarelas y crayones, al afilar lapices y agudizar la vena literaria, no puedo enfrentar el pálido rostro del papel, me asusta y no puedo evitarlo, ya no veo figuras y palabras que desean ser transformadas para mi deleite con su danza. Ahora sólo veo el blanco del papel.

Y por eso siempre termino acobijado nuevamente los lapices en sus ataudes y estuches, las acuarelas sedientas regresan a la oscuridad sin agua para besarlas, y el papel, el papel es encerrado nuevamente para que no pueda ver su rostro, que me llora, que me reclama y se burla del pésimo amante en el cual me he convertido de sus blanquinas curvas y bordes. Y yo regreso a la cama vacía forrada de almohadas y cojines que son mi túmulo para enterrar mi cuerpo y mis pensamientos, y sólo me hundo más y más en esta terrible blancura.