9 abr. 2009

El Collar de Terciopelo 2



Debo de sopesar si en mí yace la fuerza para cometer tal infamia contra el mundo despojadolo de ti, y no puedo sino hacer memoria sobre eventos donde tuve la fuerza para llevarlo acabo; Cuando era un joven quinceañero un día un amigo y yo dormitábamos después de la escuela en su casa mientras algún ruidoso dibujo animado nos arrullaba con los graciosos ruidos que se suponen son dolorosos golpes y es que antes no importaba la violencia en los medios, sólo era un entretenimiento sin ninguna consideración perniciosa salvo demasiada risa. Entonces escuchamos un golpe seco y muy diferente de aquellos de la televisión, provenía de la cocina a la cual nos dirigimos con el sopor que produce un calurosos día en la escuela y un buen alimento. Al llegar, en un pequeña trampa no más grande que una libreta estaba un roedor, no muy pequeño, no muy grande, podría haber sido un ratón grande o una rata muy pequeña, con sus patas capturadas en una dolorosa prensa de metal. Estábamos solos en la casa de mi amigo, sus padres aún no regresaban de sus compromisos, y sus hermanos andaban aún dormidos o en la escuela, fue así que tomando de algún cajón una de esas trampas pegajosas y sobreponiendola al asustado animalillo lo desató de la trampa que aún se adornaba con un específico y siempre recurrente pedazo de queso rancio y lo levantó ahora embarrado e inamovible en la hoja pegajosa, sencillamente me volteó a ver esperando una posible respuesta al destino del roedor, simplemente con una especie de preconocimiento nos dirigimos a su patio sin cruzar palabra. Después de posicionar de algún modo cómodo y en un área abierta al pequeño animal capturado, subimos las escaleras buscando en botiquines y cajones elementos flamábles, revisamos los perfumes de su madre, la cocina, y por supuesto nos hicimos de cualquier extraño objeto con filo que las propiedades de su hermano mayor nos pudiera dar. Así después de unos minutos que se sintieron largos y eufóricos, nos colocamos al lado de la cada vez más asustada víctima “Un poco de aerosol y este encendedor” sugirió alguno de nosotros, tal vez él, tal vez yo, inclusive pudo ser un simple pensamiento fugaz y colectivo de ambos, por que así eramos entre él y yo; Una vez, dos veces lo bañamos con aerosoles y fijadores y el mismo número de veces le encendimos y apagamos. Ningún ruido dejaba escapar sólo el miedo en sus ojos, en la imposibilidad del movimiento y en lo sólido de su muerte, pero ese apenas se vislumbraba como el inicio de una amena tarde, ya que después punzones y equipo de disección hicieron aparición. El hermano mayor de mi amigo no era médico, biólogo o veterinario, pero disfrutaba de automutilaciones y el diseñar aberrantes figurines a partir de juguetes, basura e inspiración de películas violentas. Así seguimos durante un tiempo que me cuesta definir, y nuestra víctima de prepubescentes deseos de destrucción seguía a pesar de todo en buen estado, o podría haber sido el miedo lo que la mantenía aún en perspectiva saludable, eso hasta que trajimos la cubeta. “Unos diez segundos y veremos que pasa”, fue así que la sumergimos durante algunos segundos, para posterior darle un respiro lo suficiente para inculcar un terror más grande en lo que muchos llamarían un ser sin sentimientos, pero en realidad los poseen, sólo una criatura con alma puede mostrar tanta desesperación y terror con sólo la mirada. “Otra vez, un poco más largo y con menos tiempo para que recupere el aire” Fueron posiblemente más de treinta minutos hasta que agotada, nuestro juguete sucumbió al dolor de nuestra tortura.

Los instantes después de ver que no respiraba ni se movía se saborearon extasiantes, el poder, la fuerza, su miedo, y el hecho de lograrlo no como perversos solitarios, sino como un equipo, organizado, simbiótico, un fin común llevado bien a cabo por principiantes luciendose de expertos. He ahí el primer verdadero asesinato realizado, consciente, perfecto y de sentimiento premeditado por la precisión de las inflicciones. Simplemente una de esas experiencias que se repiten pocas veces en la vida, todo por la pureza del acto; Acabar con una vida inocente y sin intenciones por el único hecho de desear hacerlo.