18 dic. 2009

Un amor y tarde en el colegio nacional Parte 2




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Pasaron charlas, sobre dinosaurios, pinzones, tortugas y su carrera evolutiva contra las plantas, por ver quien crecìa màs, hasta que le tocò su turno a ella. La presentaron como la doctora Irina Podgorny, nacida de la Argentina en el sesenta y tres, llegada de la Universidad de la Plata. Delgada y con sus hombros descubiertos, dejando ver su largo cuello y un peinado que residiò en su cabeza seguramente desde finales de los setenta, labios carmesì y una mirada azul, tìmida y cansada. Hablo nuevamente de aves, de los famosos pinzones de Darwin, un poco apabullada por el ambiente de madrugada que representaban las once de la mañana.

Llego la tarde y en un infinito acto de piedad, el antiguo colegio ofreciò comida, cafè y bebidas para la audiencia que planeaba quedarse. A la sombra de un pilar agitando en un vaso de unicel una bebida que despedìa vapor, la doctora hundia su mirada y una mueca de triste satisfacciòn en el remolino que ella misma creaba.
-"Doctora"- me le acerque como seguramente otras decenas de estudiantes de ciencias naturales lo hicieron en su momento. -"La veo triste"- Dije sosteniendo yo mismo un cafè muy diluido. Levanto el rostro y sus cejas en señal de agradable sorpresa, como agradecida que la sacarà del ensueño que buscaba ahogar en su the -"No es nada hijo, es el viaje y lo agotador de su ciudad clausurada"- Se referìa por supuesto a la toma de la ciudad en manos del sindicato de electricistas, que ocupaban y lanzaban enfrentas al mundo a tan sòlo una calle y una iglesia de ahì. Respondì ràpido, como sin quererlo -"Mi nombre es Quetzal, uno màs curioso de la biologìa. Me llamò mucho la atenciòn su charla".- Regreso esta vez una mirada incredula al invisible fondo de su taza, habìa estado muy tìmida, con voz baja y un poco introvertida, su platica frente a las somnolientas caras de academicos y pùblico en general habìa dormido a màs de uno. Pero tenìa que decir algo asì, para no hablarle de que la querìa. En el anonimato de la muchedumbre desde mi grada me imaginaba el dejar descanzar mi cabeza en su hombro tan blanco, tan desnudo, que me imaginaba la figura que en juventud debiò arrancar suspiros, que deseaba sus labios y mirada azul celeste viendome con cariño, porque eso habìa sucedido. La cosa es sencilla, todos tenemos un ideal, una figura platònica de ensueño que simbra la sangre cuando pensamos en ella. Tomamos nuestros amantes, nuestros sueños, no sè, lo que nos muestra la televisión y en un análogo creamos a la mujer ideal que queremos para compartir la noche y si se puede el tiempo eterno con ella, esa era la Doctora Podgorny para mi, en ese instante, tan gracil, ligera, con una mirada de melancolìa infinita y palabras que no pudo compartir jamàs, de manos largas para arrancar el cansancio de su mente mientras recorren a alguien que en verdad ame, tan joven y desperdiciada ante mì, el cariño que escondìa, su calor, tan claro como el marfil hielo de su faz. Que tonto, imaginenme, yo enamorado de un fantasma de ilusiones que llevaba construyendo una vida entera, tan nueva, sin rastros ni salpicaduras de esos esqueletos que me acosan bajo la cama cada noche desde hace tanto, y yo, ahì plantado, hablandole a un amor idealizado que conocía ese mismo día. Engañandola como cualquier alumno de su carrera. Muy en mi mente andaba pidiendo que de algùn modo se notarà, que la querìa, que me habìa enamorado de repente y que deseaba obsequiarle todo el purpùra del ocaso, todo el rojo del levante. Eso querìa, que se notara en mis ojos, en como hablaba, en algo que la hiciera verme màs allà de profesional a novato, que lo oliera, que alguna especie de electricidad màgica cobrara en su sentidos algùn recibo de que alguien añoraba el amor que no pudo darle a novios con màs intères en sus carreras que en ella, tal vez del desagrado de un mal matrimonio, de un mal esposo que consiguió por no tener nada mejor, tal vez por la decepciòn de un hijo que no era nada de lo que ella hubiera deseado. ¿Què sabìa yo? Tal vez fuera felìz con un amante marido, una buena casa, sus hijos, era doctora y muy bonita, tal vez sòlo era el cansancio del viaje desde Montevideo a la ciudad, tal vez sòlo era el mal sabor del the y lo gris que cargan las calles de mi ciudad que se adhieren a todos a su tiempo.

Aûn concentrada en su bebida ambar sonriò con su comisura izquierda, inclino la cabeza un par de veces a sus lados, como divertida, como si escuchara un halago tan extraño y repetido sin sincerdidad de todos quienes la rodeaban. –“Quetzal”- sin enfrentar todo lo que me consumia, simplemente pèrdida en su taza. ¿Por què no se evaporaba toda la maldita manzanilla del mundo y me dejaba compartir un momento frente a ella? –“Muy bonito nombre, de un ave, de de un verde, de lo bello, hermosa elecciòn para tu bautizo. No como yo, Irina, m dieron el nombre por el personaje de una novela, ¿Podes creerlo?”-. Entonces, cubriendose la cara con el dorso que sostenìa la cuchara, riò, como de una broma que jamàs hubiera podido gastar, una risa tan libre, de estar con amigos, y ese azul, esas pestañas ahora dirigiendose hacìa mì, como complice de su broma,lo màs gracioso del mundo por un instante. La risa de aquel que sufre y encuentra un gajo de salùd en compartirlo.

Al momento de sus palabras, de su carcajada,, desconozco mi reacciòn, la imagen que daba, estaba yo tan pèrdido en esos labios, en ese sonido, en borrar todas las arrugas que la habìan transformado en señora y no en una belleza de abrigo largo que se paseara en un paìs lejano. –“Demasiado favor me hace doctora, no hago justicia a mi nombre”-. Escuchenme, siento que pueden escucharme hablar asì, a mì, que bien puedo dirigirme con pèsima ortografìa a ustedes en epìstola consagrada y pretenciosa, o hacer cábula en cualquier fiesta de vecindad pobre y ser bien recibido. Yo hablando asì.

-“Quetzal, ¿Piensas quedarte a las ponencias?, Yo tengo hambre y no me apetece nada aquì. ¿Vos conoces algùn buen lugar donde comer?”- Que sì conocìa, el centro de la ciudad podrìa reconocerlo con el tacto de los pies, dilucidando y contando la historia de cada adoquìn con sòlo pisarlo, no habìa cantina, cafè o arrabal que no hubiera recorrido en alguna excursión, todas las galerìas y museos recordaban mi sombra. –“Conozco el lugar ideal, si le gusta algo ligero y con azùcar, para quitarse de encima la ciudad. Por supuesto, me encantarìa acompañarla”- Ahì no sè si sonè desesperado o amable, u ofreciendo la cosa como sino quisiera,pero volvió a sonreir, me regalo una sonrisa de comisura a comisura en una lìnea preciosa de bordes màs oscuros que delimitaban la apertura de sus labios –“Me gustarìa mucho”-.




ILUSTRACIONES DE MATTHEW WOODSON