3 ago. 2010

Días como hoy, siempre


Las nauseas han vuelto, al agacharme, al trotar por las banquetas demasiado estrechas, al concentrarme por instantes en la ansia que lleva días provocandome ligeras jaquecas, en el miedo a que esas hermosas amistades encuentren en mí lo ridículo y sincero. Tantas ganas de vomitar todo lo rojo y cuagulado que los pensamientos y el pulso bajo la piel de mis brazos siento que esconden. Una inconmensurable sensación de nervios que me recorre la espalda y las sienes, el asco de volver a enfrentarme sin las distracciones en la enfermedad de mi madre aún filtrando la posibilidad de su muerte próxima.

No puedo apreciar nada en el verano para resguardarme en divagaciones de arte. Las miradas de las personas que tanto quiero sólo se enorgullecen de sí mismas e ignoran lo poco que queda de mí en los rincones de sus cuartos, aún ofreciéndome sus tardes y ser participe de ello, el temblor en las rodillas me obliga a rechazarlas. El verde y la luz de los jardines se arrastra veloz para escapar en dirección contraria a mi andar, la ligereza de los vestidos en las preciosas mujeres y sus faldas no encuentra rescoldo para invadir alguna fantasía.

Ando viviendo aterrado nuevamente, vuelvo a huirle a los reflejos y el querer espantar las sombras literales de los días nublados, observando todo envejecer y no cambiar.

Las disculpas que debo por todo lo anterior supera n mi hipocresía y la presencia de esta tartamuda voz frente a mis amigos.

La arena de Oneíros y la diminuta divagación de un amor a distancia ya no proveen distracción, incluso me he sorprendido con bajos improperios entre los dientes y las palabras “Quiero morir” de nuevo.

Ya los meses se me han convertido en pánico. No me interesa ahora quien pueda escucharme hablar, necesito quien escuche de mi los gritos y sollozos.