30 sep. 2011

Cartas a Personas que No Conozco 3



Quería decirte que me gustas

Eso era lo primero. Dios sabe que necesito consuelo, pero contigo no lo busqué jamás, pero eso fue porque si algo podía surgir entre nosotros, no deseaba un llanto al unísono, mas bien el encontrar sonrisas en las nubes y transformar nuestras miradas en algo diferente a flores aplastadas.

Tal vez no lo sepas, pero he tenido mucha suerte en la vida, muy mala, pero mucha al fin y al cabo. Como todo, me fue compensada con grandes amistades de todas las madrugadas y todos los lugares. Me han ofrecido siempre un hombro consolador mientras sus cabezas sin comprensión pero en buena voluntad reafirmaban en vaivén todos mis enunciados, mientras que sus bocas en un murmullo para que no los escuchara el destino repetían que las cosas estarían mejor y que todo lo sucedido fue por una inasequible razón que simplemente había que aceptar porque no había de otra. Tantas manos que podría estrechar en todo el día y hasta una mañana negra tal como ésta donde te escribo algo que tal vez no puedas comprender.

Alguna vez tus amigos me hablaron de tí y de una fiesta en la cual nunca te noté. Decían eras la mujer interesante, inteligente y linda que compartía tragos y cigarrillos con otra amiga de ellos que jamás igual que a tí, volví a ver.

Llegaste a mí como un rumor e historia de un corazón con ya el amor viejo de un lustro perdido en fotos de otras playas que hace años que no visitas. Me siguieron hablando de tí y como cada canción que cantaba tú también lo hacías, de como cada placer que llamaba mío no podía ser menos que tuyo también. Que juntos podíamos destruir el mundo y hacer de la locura un sueño compartido.

A razón de que el mundo es pequeño llegué en mis andadas a otras personas. Amistades de una tarde, los conocidos de unos conocidos, que al final de la faena me decían tu nombre y aseveraban que debía (Deber moral y religioso con D mayúscula.) conocerte y amarte.

Pasaron un par de años y llegué a saber mucho de tí, cosa que por supuesto comentaban en noches de reunión que era mutuo de tí a pesar de no poder coincidir esa y ninguna otra noche.

Un día me mostraron un foto tuya. He de decir mucho muy diferente de lo que imaginaba, mucho mejor de lo que podía soñar. Pero eso fue un error porque ahora la fantasía tenía un rostro.

Pasaron varias velas sin descanso en las que imaginaba conocerte en persona. En esas ocasiones iniciábamos la conversación con tímidas palabras e incómodos silencios sin saber realmente a donde íbamos con eso, mientras intentábamos el acercarnos para leer si realmente las estrellas yacían en las pupilas del otro. Esa fiesta en la que nos habíamos separados yendo a parar al aire frío del jardín nos encontraba sin saberlo en algún momento no lejos del amanecer, donde sabíamos que el agotamiento nos haría separar por ser un momento iluminado y diferente al en que debíamos saber si volveríamos a pasar otro instante, o tal vez todos los que nos quedaran con algún contrato deseado en secreto.

Todo ese tiempo observabas con una sonrisa  el como atropellaba palabras presentando un mal acto de quien era yo. A momentos podía esgrimir un revés y escucharte en voz reducida por la pena alguna cosa que te agradaba de la vida y los temas comunes.

Con el primer halo de claridad anunciando la aurora, el cansancio podía más que la agitación en nosotros y nos escondíamos del sol y su juramento de nueva soledad en alguna de las habitaciones ya habitadas por amigos y desconocidos que se resguardaron para dormir.

Encontrábamos una colchoneta y un par de viejos edredones arrugados en un rincón, dormitando igual que lo hacen los cachorros, abandonábamos nuestro calzado encerrando como tesoro nuestras billeteras, llaves y demás cosas que personas como tú y yo siempre cargan en los bolsillos, nos recostamos. Teníamos espacio suficiente como para no sucumbir ante alguna tensión que pudiera ocasionar un accidental contacto, suficiente espacio como para cada quien entregarse al sueño y la seguridad teñida de tristeza que era dormir el uno del otro tan lejanos al arranque que nos carcomía

La penumbra era demasiada y las cortinas muy pesadas, cosa que agradecíamos para no tener que ver un azul claro en las ventanas y la luz coloreando la habitación con los restos de esa fiesta. Esos nervios, no dejaban que pudiera acurrucar mi cabeza, ni me permitían mantener cerrados los ojos. Entonces aventure una mirada a tu rostro, queriendo verte dormir como no lo podría hacer jamás seguramente, por falta de galantería, de valor o de un alma más sincera y entregada con la cual decirte nuevamente el primer enunciado; Me gustas mucho. Para deleite de mi corazón tú también me veías, con esa mirada tan románticamente imposible de volver a encontrar en el mundo mortal, que decía lo que no pudimos hacer en ningún momento desde que al fin nos conociéramos. Todo ese temor desaparecía y extendía mi mano para acariciar tu cabello, al recorrer el borde de tu rostro con un dedo aún temblando por los nervios posabas tu mano en la mía, y los dos decíamos al mismo tiempo "Me gustas mucho".

Las carcajadas que nos envolvieron con esa declaración arrancaron de los demás en el cuarto un par de gruñidos y posiblemente algún comentario grosero murmurado entre dientes. Al decaer las carcajadas nos observamos nuevamente ahora en confianza, sabiendo que el juramento del astro ese que ahora surcaba el cielo acerca de la soledad no se mantendría. Nos acercamos como los amantes de otra vida, con el rostro de uno frente al otro, y nos dejamos llevar por el sueño que continuaría una vez despertáramos.

No sellamos nada con un beso, o con un entrelazar de manos. Sólo nos entregamos a lo onírico, porque ya sabíamos que no estaríamos solos, porque sabíamos también que en ese sueño nos veríamos y ahí podríamos besarnos.

Cada día  esa falsa memoria tomaba mayor forma y ahí estaba el segundo error.

Hace poco llegó a mí también como un rumor  de agitación de hojas el que te habías ido. Nadie quiso decirme a donde y tampoco el incluso si volverías. Los motivos no importaban, porque no te conocía y no tenía derecho de decirte nada, como mucho menos creerme una razón o suficiente justicia y tiempo para mostrarte que podía serlo.

¿Acaso no suena a algo maravilloso? Que el mundo entero y todas sus personas nos recordaran entre palabras y colores que el destino era estar juntos en algún momento, por ser los dos personas altas y delgadas, por escuchar las mismas canciones, por ser tan parecidos y almas diferentes. Por tener los mismos amigos y los pies grandes, y una falta en el pecho, y un amor de años perdido en otro mar, y ojos cafés y porque la luna nos persigue, y porque somos del viento, y porque nacimos un mismo día, y porque somos artistas, y porque somos un fraude, y porque no tenemos grandes victorias, y porque así dice todo que deberíamos de ser.

Todo en la vida se me ha escapado , como lo líquido entre la tierra, como el aire entre el cabello.

Pero antes de regresar a mi existencia de eterna casilla uno, quería decirte esto: Me gustas mucho.