21 sep. 2011

Mi casa de Asterión




I

¿Cómo no perderse?

La primera parte del laberinto está hecha de un zumbido; Es la aspiradora a las cuatro de la mañana, es el auto en la calle pasando, es el murmullo de todas las voces de quienes cruzan, el crujir de frío en los materiales que construyen las casas, los animales en los jardines y el viento en los arbustos. También a veces el zumbido es pequeño, el de los ventiladores del computador, el del viejo monitor de TV, el de la ropa y las sabánas al rosar nuestro cuerpo porque respira.

La primera parte del laberinto está hecha de un zumbido.

La segunda parte del laberinto está hecha de colores; Las lampáras de inmundo blanco fluorescente que enferman todo lo que revelan, de las páginas de internet, de los aparatos que nos atamos a cuellos y muñecas como grilletes enjoyados de cadmio y led. De los reflejos en la lluvia, de los faros sin fin que nos ciegan para transitar todo metro en la distancia a cualquier parte.

La segunda parte es una luz.

La tercera parte está hecha de sal, inicia con los ojos y termina rodeando todo el laberinto interior.


II
 
Se cuenta de un rey maldito cuyo hijo Asterión fue el único que pudo hacer un hogar de esos muros, pero sólo fue él.

III

¿Qué nos queda a nosotros si no perdernos? Intentamos ahogar el zumbido con arte desprendiendose de almohadillas en los oídos, hundir los ojos en lentes de cristal para observar la belleza en las sombras paleta de gris que pintan los archivos de permanencia en la prisión. En el siempre nosotros y su perfíl con solamente una cabeza. Nosotros y nos, nosotros y nos.

¿Quién recuerda los horizontes abiertos? Que ahora a los atrapados es burla distante y de imposible lejanía.

Fue la luz que ya no podemos atrapar, la que se encuentra detrás de las pupilas de otro prisionero ¿Aún sigue ahí? Todas las demás no me dejan verla.

El laberinto se alimenta de quienes lo hábitan. El arte se convierte en zumbido, las sombras y sus contrastes en luz mortecina inafrontable, el salitre crece hasta en el recuerdo hermoso que reconstruye esa libertad. Es porque ya no aceptamos la oscuridad.

Yo creo recordar de algo como un sueño, una fantasía o deslíz de un presente posible; Una mirada a oscuras, que aún cerrada por el lento respirar del dormir vigilaba mi descanso, mi sueño a su lado. Su vela me protegía, porque me amaba. Creo que eso sucedio en una vida de alguna reencarnación que existio fuera del laberinto. ¿Eso puede pasar realmente?

El laberinto se alimenta de quienes lo hábitan; Yo no puedo creer que eso pasara en alguna ocasión. Me gusta creer que puede suceder, y extenderlo, para que núnca sea un pasado.

Es la luz que yace sobre el rostro, no me permite ver esa posibilidad.

Ahora soy el laberinto. Así ha de ser el infierno y pasado un plazo te vuelves parte de él; Queremos escapar, por eso tratamos de asirnos a los que amamos y deseamos amar, para sólo convertirlos en otro conjunto de sombras, en otro recoveco del lugar, y sin embargo la condena de afrontarlo solos nos es más imposible que el buscar la condenación de los demás.


IV

Asterión nació deforme y exiliado del mundo por los pecados de su padre, pero él es libre; El que puede llamar hogar al laberinto, hogar a sí mismo.

Que solos estamos, y el zumbido no se termina. Porque queremos amar.

Sólo queremos amar.

Sin poder hacerlo.