24 nov. 2009

De Donde Yo Vengo



De donde yo vengo, lo viejo se intuye antes de tiempo. Permitánme; En el lugar donde solía vivir hay un puerto, es muy pequeño, no cabrían ni unos cincuenta botes de remos. Ese puerto tendrá unos mismos cincuenta años, uno por cada bote pareciera. Han tenido que repararlo en un par de ocasiones, quitar las viejas lanchas ahogándose que sólo eran refugio de aves y gatos nocturnos, siempre lo hacen con pompa, algún gobernador viene de su oficina a tomar crédito por una reparación y nuevo esplendor que en realidad fue necesario como consecuencia de una barata, mal hecha e inconclusa reparación anterior, y sé que lo menciono como si hubiera sido testigo de ello diez veces, pero como al principio de esto, de donde yo vengo, se intuye lo viejo.

La última remodelación habrá sucedido hace unos cinco años, en ese entonces solía pasearme en bicicleta o patines con cierta regularidad alrededor del puerto, a veces me acompañaba una vecina.

Siempre los dos concentrados únicamente a dar vueltas por el circuito del puerto, tal vez detenerse en la parte alta y contemplar la luna antes de que el otoño se tornara muy frío. No es como ahora, esa vecina se mudó a otras costas y me imagino este paisaje agradecido si vengo una vez al mes a sentarme en una banca a leer alguna voluminosa novela usurpada de un estante de madera roja en la sala de la casa de un amigo.

Y es ahora que veo ese puerto recién arreglado, porque hace cinco años, cuando una fisura en el suelo se tragó medio lago y evidencio la basura de años de patos cagando, perros nadando y familias arrojando sus desperdicios después de un día de campo. La noticia incluso sobrepaso los canales locales, el asombro y las quejas le sucedieron, hasta la remodelación, limpia y presencia de un gobernador en la tarde de Domingo queriendo resucitar los veranos, resaltando lo bonita que quedó una obra que sólo un preocupado y atento burócrata podía realizar. Vaya momentos.

Ahí está ahora, el pequeño sitio turístico de puerto alegre, con sus vigas de metal y embarcaciones plásticas en tonos brillantes empolvándose al sol de noviembre, rodeadas de unos cuantos patos, una fuente y dos restaurantes caros y no muy buenos en su cocina. Todo con sólo verlo, se le intuye viejo, los letreros que señalan la entrada y salida del área se pueden imaginar amarillentos e ilegibles en un par de años, lo que fueran flamantes barcasas en azul eléctrico y amarillo canario, seguramente quedarán estacionadas hasta que el viento perfore sus quillas y alguien las estacione en la hierba para que se pudran como edificios abandonados por estar encantados y habitados por fantasmas de peores tiempos. En las casetas brillantes, se nota donde perderán la pintura, en que parte de los restaurantes nacerán goteras, donde el metal comenzará a abrirse tal flor de invernadero en la banca donde escribo en este momento, como los caminos se los tragara el barro y los patos que abandonaran el perenne gris de los adustos árboles alrededor del lago.

Hasta el sol se puede intuir de un amarillo holgazán mientras las cada vez más lentas olas encuentran como dormirse silentes en la orilla.

Las personas que pasan también se ven así, las jovenzuelas que trotan por ese mismo círculo que repasaba tanto con el caucho de llantas rodada ochenta, queriendo mantener cuerpos que ya se notan de cabús grande, ya huelen a cuarentonas con dos divorcios de oficinistas torpes que jamás les pusieron atención. Los pequeños cachorros que corren, como pequeños tapetes languidos calentando los pies de amos que tal vez salgan a pasear cada tres meses por motivos de un compromiso familiar o del trabajo.

El cielo se nota cada vez más terroso y de un azul diluido a colores neutros. Todo esto hasta que un favor político remodele todo otra vez; Reemplazando bancas, cubriendo cadáveres de barcos, pasando un trapo para limpiar la suciedad en el fondo del lago, lavando las ventanas de los restaurantes, barriendo el polvo de los caminos y atraer nuevas jovencitas con ropa deportiva de telas ligeras y colores de marcatexto, con nuevos sueños de una Europa y que no conozcan nada de los Juan Carlos de contabilidad del mundo.

Pero siempre será como una casa muy vieja, idénticas a esas donde vivían caciques y líderes en la época de los reyes, que sin importar los resanamientos, limpiezas y manos reparadoras, se sabe donde habitaran el polvo y las arañas en dos semanas. Como siempre, la pintura perderá su color y cada capa nueva será un poquito más gris.

De donde yo vengo, se intuye lo viejo. Debía saberlo esa noche de noviembre hace tantos años que sentados en una barca que al mínimo descuido llenaría nuestros pies de agua, flotando de un amarre en las podridas vigas de madera del puerto, mi vecina yo reíamos juntos, despiertos como sólo una caminata nocturna puede mantenerte alerta, solos, sin luz porque todo bulbo en las farolas yacía fundido y compartiendo como amigos una noche de juventud.

¿Qué será de mi vecina ahora que ya no vive aquí, después de tantos años que fuimos novios?

Por mi parte, yo nací a una lenta caminata de veinte minutos del puerto. Ahora vivo a unos cuarenta de marcha regular, en vez de los diez que me llevaba cruzar tres calles desde ese departamento de tabique que tanto significó. Pero de eso ya dieron vuelta en el calendario siete meses desde que no vivo mas con mi vecina, el que fue el amor de mi vida, y pienso, que fácil es decir eso de una linda mujer que es tu novia por unos años.

Desde entonces debí saberlo, de como acabaría con ella, porque de donde yo vengo, se intuye lo viejo. Por eso sé que el ciclo de malas reparaciones se sucederán una a la otra, veo el futuro de todo lo que es de aquí y es una foto amarillenta por el sol, donde el desgaste de las cosas combina perfectamente con el papel donde están impresas, donde lo que soy yo, es sólo una mirada anciana hundida en el lago. Vengan un día, intuyan lo viejo que son las cosas nuevas hoy día.