22 nov. 2009

Historia del Caminante y su Tésoro

Se cuenta oh emir de los tiempos, que hace tanto tiempo, cuando los imanes desconocían las tierras más allá de la Galia e incluso más lejos que las costas frente del Saarah, que un día marcado por el vaticinio de un amanecer carmesí, quien llamaran también el visitante caminaba por las callejas de la gloriosa ciudad que portaba el nombre de aquel que protege el Budayen.

Su piel portaba cobre de los desiertos, su cabello, rizado como el de las mujeres hermosas, con el color del ala de un cuervo, y su estatura semejante a la de los guerreros de Danavia, sus ojos se dice, majestad de los eones, que delataban su procedencia de tierras tan apartadas como aquellas donde se postra tributo al crucificado.

Era entonces mi señor, que esa mañana el hijo del visir, el joven Salah Din se paseaba aburrido con su potro, regalo del derviche Tareq Ahmed, y andaba buscando consuelo sobre lo que él creía falta de virtudes, por lo mismo, falta como musulmán y al profeta, que alabado sea, al andar así, cautivo de pereza y languidez mental, propiedad de los tontos y contrarios al bendito ascetismo.

Salah se murmuraba con tristeza entre sollozos "He agravado a mi padre no encontrando placer en mis deberes, paz en la oración y amor sirviendo al Sultán. Mis desdichas sólo son uva amarga en el dulce viñedo"

"Las dunas llegan,

solsticio horizonte

Las Joyas de cristal

terribles y pesadas

en la testa del rey

su voluntad palidece."

Fue entonces que el caminante con melena color cuervo escuchaba siempre silente los versos del afligido Salah. Conmovido por sus palabras se le acercó y con mano de piel suave ignorante de los trabajos en el campo tocó el hombro del joven encadenado a la tristeza: "Su excelencia, que el más loable te provea larga vida. Tu pesar mina hermosos diamantes, tu felicidad ha derramar bendiciones, mi deber es dárselas al mundo. Comándame para aliviar tu corazón".

El joven atormentado viendo el desgaste en los ropajes del caminante y juzgando sinceras sus palabras, miel de sanos y enfermos, abriosé a su compañero en labios al deseo de su corazón: "Soy un desgraciado, mi padre y el emir de los sultanes me han regalado un jardín de virtudes, mas no encuentro dulzura en sus frutos ¿Cómo puede ser pleno un hombre dedicándose al deber heredado?"

El caminante conocía de forma clara que no existe amor verdadero al bien que no es propio, nadie a demás de él conocía el placer y desdicha de tal afán tan bien. El matrimonio sin compromiso del alma sólo seduce cuernos y vilezas: "Amo de mi ser, la sangre tiñe por igual el bastón del anciano soldado y la espada del joven guerrero, es la tortura del infiel y bendición para los profetas. Es en la fe sobre nuestros actos que el bruto se convierte en sabio. Nuestra verdadera fe inculca el amor al hermano musulmán y a toda obra de Dios, porque no existe mayor grandeza que la de él, de ese amor a los demás proviene el cariño propio y la paz del justo.

Fue así que Salah, el portador de dudas, derramó la primera alegría, aquella del perdido que encuentra el sendero al hogar. la primera bendición del caminante.

Con la desdicha, ahora una vela apagada, Salah se dirigió a su nuevo siervo y amigo: "Del amor a tus palabras la arena se borra de mis ojos, pero la tormenta surca todo rincón. Acompáñame esclavo, que tu deber sea mi sonrisa y yo a cambio te brindaré protección y te llenaré de dicha".

Con alegría en su corazón por haber encontrado a un amo hermoso y justo, el caminante agradeció a Ala, grande sea su nombre y suene en los corazones de todos, arrodillosé entonces y mostro gratitud besando los pies del hijo de su excelencia el visir.

Regresaron esa noche al palacio donde el padre de Salah ofreció al visitante comida como sólo se puede ver ahora en su mesa, luz de los fieles, también le regaló sedas enjoyadas y sitio como esclavo agraciado entre los sirvientes al visir después de escuchar como había derrotado la creciente espina en su hijo.

Ya acabados los vinos y la luna pasada su punto más alto cuando se cumplió el placer de compartir velada con el sultán, en la cual disfrutaron dátiles con la dulzura de una amante virgen y música de cítaras doradas tocadas por bellas jóvenes con manos de pétalos y rostros de luna.

Una vez satisfecha su sed, el señor de la fe en toda la tierra se dirigió al caminante: "Esclavo, en mi bondad te entrego el regalo de mi voz y atención. Responde ahora agraciado como eres ¿Cuál es tu tierra, tu fe y tu misión?". Dichoso y con las estrellas reflejadas en el pozo de sus ojos el caminante respondió: "Mi tierra, aunque bella, no se compara a la vastedad de sus jardines, ni a la hermosura del cuarzo en la piel de sus esclavas, mía es la tierra donde nace la raza de bronce, diez veces más lejana que las costas de Grecia, mi tierra es aquella donde no se conocen los caballos, y su distancia entre mares se cruza en cuarenta días a vuelo de halcón. Mi fe es la del único dios y su profeta, gloria a aquellos que resguardan su palabra. La fe del amor a los hombres y del ascetismo, la fe de la cual su majestad es emir a todo paragón. Mi misión es la del poeta, encontrar belleza en la obra de Dios y regalarla a los corazones musulmanes con el arte de cavar lo precioso de sus almas y entregárselos envuelto en perfumes y telas maravillosas, para que sus vidas se afirmen como tesoro y toda la tierra se enriquezca."

Conforme, el sultán agregó: "Que los obsequios que des encuentren su recompensa, querido esclavo" El caminante se derrumbo en llanto ante todo el cariño empleado en ese deseo del glorioso emir.

Llegaba ya el amanecer cuando se le permitió al caminante el cobijo de un techo, pieles finas de las montañas para cubrirlo y el aromático aceite de Drunna para velar su sueño.

Al cenit, el caminante buscaba el frescor de las fuentes, cavilando sobre su excelente fortuna, los pasos ligeros de una dama se detuvieron a su lado. Saliendo de las imágenes que se crea un hombre al imaginar el futuro, la vista que le regaló el oro y plata del sol consumió su corazón; Con sedas arrancadas del lapislázuli del cielo y los ojos del turquesa puro como el mar, la delgada y excelsa figura que no podían esconder las telas levanto su velo para mostrar labios pequeños color vino, piel de cervatillo hermoso y una nariz que le daba el perfil agraciado del amor mismo si fuera posible que andará en pies de mujer. Haciéndole compañía un rechoncho eunuco marroquí.


Con voz nacida para cantar alabanzas en las mismas esferas, la beldad pronunció: "Caminante y esclavo, el visir y mi bendito padre el sultán me dieron aviso de tu estancia. Dime como sirviente y como amigo ¿Qué filosofía has encontrado en tus caminos?"

Escuchando la pregunta en voz encarnación tangible del canto de todas las aves, el caminante, sosteniendo con el puño derecho su pecho sobre el corazón, se dobló en estertor de dolor. "Doblemente bendita por ser hija del sultán, excuse por el achaque en mi cuerpo que demuestro. La filosofía que he buscado es la del amor en mis viajes, y es ante su mirada que lo confirmo precioso oasis de felicidad, que es en tu presencia que la he encontrado. El alma de mi ser grita para escapar, de ahí mi dolor" Fue así que el caminante, de rodillas ante la princesa primera derramó lágrimas de la mayor felicidad, la del hombre correcto que encuentra todo el amor de dios personificado. Llenando así de besos los enjoyados pies de su dueña.

"Levántate esclavo y dime, si eres el buscador y amante de la felicidad en tus hermanos ¿Cómo puedes hacerme feliz?" A lo que el esclavo respondió: "Veo en tus ojos el cielo de todos los horizontes, en tu boca, el rubí más perfecto, en tu cabello, el azabache del cual nace el arte, en tus manos, el mayor obsequio de todos los futuros y en lo que cubren tus sedas, el amor de dios el único y lo que desea dar a todos los hombres. Pero sé bien que sólo existe la mayor proeza de felicidad en el que es más grande que el profeta, y que aún el señor de la tierra y la más virtuosa persona esconde un deje de tristeza. Mi labor es de esclavo y poeta, por eso te digo princesa de infinita gracia: Tú que posees todas las gracias y virtudes, entrégalas sin mesura, a tu padre, a quien te ame y al hombre que has de desposar, si tu deber es el de esposa y reina, realízalo contenta y en entrega sabiendo que aún en la muerte tu recompensa será la alegría y las transiciones del paraíso. Para llenarte de dicha aún en la mayor pobreza, recuerda el haber obsequiado un poco de lo que eres como belleza y seguidora de la fe verdadera. No hay mayor deber que hacer feliz, sea con acto o palabra a los demás, cumpliendo esto, la mayor pena incluso será dicha".

Así, en sonrisa con el nácar de las más valiosas perlas, la princesa alego no sin cierto enojo en el timbre agraciado: "Atrevido esclavo al hablarme de la dicha a mí, en mi deber y sobre las recompensas de la muerte, de la muerte hablas tú a la vista de la hija del justísimo señor de la tierra. No soy ni seré capricho de cualquier deseo, conozco mi fe y el papel de mi persona, eres un esclavo muy atrevido"

Ante esto, el esclavo respondió de misma forma, en sonrisa, y abrazó el precioso diamante del reino que era la princesa.

Con voz de dulce leche la dama pronunció: "Pero has demostrado ser el mejor de los amigos, recordándome lo que sé sin pensarlo, por darle palabras al deseo de mi corazón, por señalar que la carne más suave se seca y que siendo verdadera a quienes quiero, todo el amor y todas las bondades bajo el reino del gran dios serán mías. Con este beso, te entrego otra joya de tu interminable búsqueda del tesoro en todo humano"

Yaciendo en gozo al reflejo del agua, se despidieron los amigos.

Así pasaron muchos veranos en la ciudad oh querido emir de los sultanes, el caminante regalaba consejo y sin ser imán lograba comandar la dedicación a Dios en todos cuantos le dirigían palabra. Antes de esclavo, siempre se le llamó amigo, inclusive en la sustitución del viejo sultán al llegar su momento, el marido de la princesa no podía ser más bello y más justo en su reinado. Salah tomó su lugar como el visir más sabio y el reino ganó fama de ser el lugar con las personas con mayores conocimientos, sin igual en el cariño por sus hermanos musulmanes y aquellos ejemplares en la alabanza.

Todo lo que provenía de la ciudad era muestra de lo correcto, aún en la guerra no se conoció mayor honor y justicia para con el enemigo en el campo de batalla y los resultados de su enfrenta. Había incluso que los mezquinos y envidiosos detenían sus ardides, por ser barrera impenetrable la bondad de la mayoría de sus habitantes.

Tanto tiempo pasó colmada en bendiciones, que el carbón en la melena del caminante se transformo en ceniza, el amatista de sus ojos en humo platinado y el estertor de su risa en lisonja y carcajada. Su ejemplo siempre predicó un amor que se extendió por toda la tierra.



Fue entonces, que una tarde, en la misma fuente de aquel mediodía, el entonces gloria de los tiempos, su esposa la reina y su visir Salah llegaron en conjunto a presentar visita y respeto al caminante, que ciego, por el brillo de tanto tesoro encontrado en las personas, lloraba inconsolable sin reparo. La reina, con la belleza que sólo la edad y la constante alegría puede dar, en palabras de oro se dirigió a su amigo: "Ahora sé que el paraíso está lejos de los campos de nuestra majestad, si el minero de dicha entristece con todas las riquezas del mundo." "Mis amigos" con voz entrecortada decía el anciano en otrora visitante. "Debo confesarme antes de rendirme al más loable, alabado sea su nombre. Sé que el fin de mi tiempo en su compañía se acerca, y debo decirles lo que en mi condenada alma es verdadero; La luna llena antes de la bendición de conocerlos y serviles, había llevado por ya un tiempo el oficio de ladrón, desde el final del Nilo hasta la tierra de los nómadas al este de Persia, el nombre de los dioses me era bilis en la boca y lo escupía sin diferenciar, usurpando vidas y tomando por fuerza la flor de las mujeres contra su virtud y buena costumbre. Fui compañero de bribones y truhanes. Algunas incursiones me permitieron en repetidas ocasiones despojar de amuletos y secretos las doradas torres de muchos sabios y magos, así mi vida fue larga en juventud cuando ya hijos míos acaecían por su vejez, con la salud de los eternos hasta esa noche. Había traicionado a mi pandilla de ladronzuelos envenenándolos con cicuta griega en sus bebidas, para hacer sólo mía la vasija del gran mago Muddaththir, la cual decían, cumplía todos los deseos, sabía como usarla gracias a pergaminos antediluvicos que había extraído de la gran biblioteca en la ciudad del gran faro mediterráneo; Con ayuno y sin bebida alguna en mi sangre por dos días, recité el conjuro y quebré la vasija. Ante mí, un imponente Djinn hijo del viento se cernía en gloria que hacía palidecer las mayores majestades de todos los reinos y en voz de trueno me hablo: Hijo de Adán, penante de Eva, el hechizo pone a tus pies el poder de todos los reyes. Comanda tu sueño y obtén tu recompensa. Con lujuria de poder, quería todo, las mujeres más bellas en un harem de terciopelos, un palacio para rivalizar con el del cielo, las joyas más perfectas para adornar mi frente, los manjares de mayor delicia en el universo que conociera el espíritu del aire que me servía, todo, y así fue como lo expresé: Hazme dueño de los tesoros más valiosos en el mundo, yo que en mi inteligencia y audacia soy rival incluso de los diablos y los ángeles, exijo mi lugar justo en el universo. Los ojos del Djinn con el infinito en sus pupilas me humillo gritando: Tonto y necio, has querido insultar la obra del más sagrado con tu soberbia, incluso robaste y con arcana nigromante prohibida por la ley última me has extraído de mi amo. Si tu sueño es eso, que se cumpla. Obtendrás el mayor tesoro de todos, la amistad y cariño fiel de los hombres, cada día del resto de lo que será tu vida finita, cultivarás esa tierra, todo lo que desearás será la felicidad de tu hermano. Ninguna banalidad encontrará suelo fértil en tu alma, una vez maldito porque en la soledad, la desdicha gritará sin fin en tu cabeza, pero jamás será reflejo en tu semblante para que tus amigos te conforten, dos veces maldito, porque tu unión con mujer jamás dará semilla, así lo que realmente eres no vuelva a ver la arena, y tres veces maldito porque al final de tu tiempo entre los mortales confesarás quien eres para que conozcas lo desdichado que fuiste desde este día, al apagarse tu carne, la luz de tu alma se extinguirá en olvido, ninguno de tus amigos conocerá tu tristeza y traición que cometes cada noche a tu naturaleza vil ni recordara la procedencia de tu nombre. Vete con la certeza de que no conocerás gloria alguna del paraíso o la otra vida, tú, ahora el más pobre de los ladrones."

Con esa última confesión, el amigo, el caminante, el criminal, fue visitado por la portadora de desdichas y tragedias.



El bondadoso sultán, su hermosa esposa y su justo visir sentían pena de encontrarse frente al cadáver de un anciano ciego, falto de vida y lleno de pesar. Como acto de buen musulmán le dieron entierro, y por más que buscaron registro en la memoria de la ciudad y sus habitantes, nadie reconoció el difunto.

Así fue olvidado el mejor amigo de los sabios, reyes y pobres en toda la tierra, sin recompensa, tierra, semilla o recuerdo que le diera vida a su obra.

Benditos aquellos que minan esos diamantes con la certeza de la gloria eterna.


Despuntaba el alba en las habitaciones del sultán, él y su esposa de sublime belleza yacían fascinados por aquella nueva historia que Sherezada contaba después de tantos años.

La mujer, aún con voz de soprano y la magia del bardo en sus palabras había contado en juventud durante mil noches otras narraciones al entonces joven sultán, con la garganta cansada a pesar de los dorados vinos, la anciana intuyo el cansancio y brillo de curiosidad en el emir de los eones.

"El sol despierta y al reparo nos debemos, y si desea saber como es que Rashid el justo arrancó del olvido la historia del caminante, que dios nos permita otra noche"

EL sultán, como lo había hecho más de tres veces trescientos desde que tomará una noche la flor de Sherezada y su hermana, ordeno descanso, deseo larga vida a la contadora de historias y soñó con otro día de amor a su vida.




AL FIN, UN CUENTO DE MI AUTORIA, EL CUAL ES MERA FICCIÓN. LAS ILUSTRACIONES SON DE EDMUND DULAC Y MAXFIELD PARRISH, PARA SUS VERSIONES DE ARABIAN NIGHTS, O LAS MIL Y UNA NOCHES COMO LAS CONOCEMOS POR ACÁ. APRECIARE DE SOBREMANERA SUS CRITICAS