24 jun. 2010

Me lo creí



Por un momento me lo creí, que mi vida podía continuar ajeno al brillo en sus cuencas mientras anochecía, que de su memoria sólo sería un doloroso rezago en muy aisladas lagunas, que un día muy futuro el punzante dolor en la ausencia de sus dedos y voces se convertirían en un casi invisible sabor de canela en mis suspiros.
No es cierto, sólo se ha diluido la luz de sus ojos en los retratos nocturnos, sólo se ha agudizado la laceración de pensar en su corazón al recostar mi oído en sus suaves pechos. Por un momento creí que este hondísimo fracaso sería pasajero cual del verano nos regala la pluvia para desear su calor vespertino, que encontraría un nuevo molde del cual vaciar una reluciente escultura de belleza. Eso no va a pasar, aún completamente resentido de la soledad no habrá puerta a mi alma sino porta sus rostros, con todo y en imposible fantasía se me regala el néctar que los poetas beben de lo que es azul a diario, me sería insípido al no poder besarlo de sus palmas. Con todo y regresarán , el abandonarme a sus figuras sería la suplica sin fe de aquel que araña las piernas de Cristo porque todo lo ha perdido.
Estoy condenado al humo de esas nieblas, de ellas que son todo bosque.
Fallecí hace un año y únicamente podía suponerme espectro de sus caricias, cuando sólo falta que mi cuerpo siga al espíritu al vagabundeo e inútil cacería de sus olores, al arrastrarse para buscar un hogar que no existe.
Ya no me afecta la vergüenza ni la necesidad de motivos para la vida, como carezco de ella ahora reconozco una realidad, que todo es ceniza consumida, que todo acto o sentimiento que mi avejentado ser pudiera concebir, una borrosa huella de arena en un mar que está creciendo.