14 jun. 2010

Mi Gran Miedo


Me he dado cuenta que la gran soledad es la inherente característica de andar vivo, es la pequeña muerte y su silueta en la tormenta, el peso del polvo al transcurrir los días, es esa sensación de miedo en la espalda al no pensar en nada, sentados en nuestras habitaciones, el pequeño vacío antes de cerrar los ojos para sin estar cansados obligarnos el dormir sólo porque no hay nada mejor que hacer.

Nadie está a salvo, es un carácter intrínseco que repta por los muslos desnudos de aún la más querida de las mujeres y la frente del inocente bebe, una marca del destino que le espera aún alcanzando todas las estrellas. No pueden dejarme mentir (Es aquí donde los hago complices de mis elucubraciones), ustedes han sentido su presencia en una larga tarde de sabor a tierra y calor amarillo de una olvidada niñez, esperando el movimiento de distancias aguardando dentro de un auto mientras las luces dibujan líneas en los calidoscópicos ventanales cubiertos de lluvia pasajera, desperdiciando sus sueños entre la multitud de una clase escolar o la monótona jornada. E igual que yo, han presentido por lo menos en la furia de una noche despechada que ese sentimiento podría tornarse eterno. De eso quiero que lean de mis dedos, que es el futuro último de la vida. La muerte no es importante en ese esquema, la muerte siempre deja escapar al muerto para castigar al sobreviviente.

Llevaba tanto tiempo creyéndolo entre momentos, incluso resguardado de la zozobra por los brazos de una amada, y es ahora que lo veo en sus caras, lo veo en el televisor, lo leo en los libros, esa mirada que suplica ayuda es el rostro publicitario de los perfumes, el chascarrillo de las transmisiones matutinas, son sus comentarios en el internet, las canciones que cantan cuando nadie los ve. Ahora todo refleja esa terrible necesidad de compañía, su narcisismo es el mejor ejemplo, ese vicio de tomarse fotos, sólo porque están en un lugar, sólo porque ven una cosa, sólo por hacerlo, una, diez veces, con la cámara de alguien  
más, con el teléfono de alguien más, en el supermercado, en la escuela, en la oficina, en el baño, en la cama, en la escalera, para que se vea su nueva playera, para que alguien mienta alabando sus sensualidad porque aparece su busto, porque salen de perfíl, o recién despiertos, o a punto de acostarse. No guardan esas fotos como memoria, no es la historia de sus días debido a que claramente son poses y no documento del devenir, no es a razón de amarse y aceptación propia, sino que aman la idea que los otros crean que son algo especial, que una mañana su cara podría aparecer impresa en las cajas de cereal mereciendo las voces de los demás como tema de conversación, cuando es que sus imagenes de felices modelos son sólo diminutos trofeos de erotismo imaginario para fantasías terrenales de masturbación.


Tan desesperados andamos de no enfrentar esa soledad que intercambiaríamos todas nuestras riquezas por la promesa vaga de que no nos suceda; Las madres sacrifican sus cuerpos, los enamorados su cordura y sentido común. Nos creamos falsedades parecidas, chupamos cigarros su ceniza y pezones si eso nos acerca a la figura de una madre que nos abandono muy pronto a nosotros mismos, las mujeres recaen en la misoginia para no saber que siempre fueron el adorno de vitrina para sus padres. Le tenemos tanto miedo a la soledad que aún el mal padre, la amistad son nada en común, el amor frígido y la mascota ingrata son compañías preferibles y hasta apreciadas.

Nos enajenamos, aceptamos todo mal y prostituimos cuerpo e ideales por esa compañía, porque esa inherente soledad es consecuencia de no poder decir las cosas, por ser humanamente incapaces de hablar lo que pensamos y creemos siendo sinceros y coherentes con nosotros para no buscar humillar o confundir a los demás. No sé que deseamos reflejar no siendo verdaderos con eso. Pero eso nos convertiría en animales temerosos y hambrientos de caricias, de palabras de aceptación, de palmadas en la cabeza, y nadie aceptaría eso, los adjetivos de putas, poetas, intelectuales, imbéciles, cuadradas, necios, fanáticos, ignorantes, pervertidos, corruptos, todos esos son aceptables por poder al instante eludirlos con alguna argucia o gruñido de desdén. Mas animales llenos de terror a nuestra propia sombra y huella, deseosos como lactantes de una caricia ¿Quién podría aceptarlo, quién podría negarlo?

Es así que caminamos con frentes altas llenas de vergüenza mientras la tierra envejece y los huesos se pudren, diciendo ser nosotros y no el gran miedo guiando los miembros de nuestro cansado cuerpo y los hilos del destino. Muy seguros que intercambiaríamos todos los respiros que nos quedan por un suspiro con esa persona que hizo del miedo, la oscuridad y esas mentiras de “Estaré aquí para siempre” un espectáculo digno por el cual sacrificarse.

De eso me he dado cuenta, que todo el gran arte proviene de la interpretación sublime de esos terrores y no del contexto empírico. Es un último intento de ser sincero y abrazar el hecho de que con nuestra inocencia se pierde la ignorancia de la finalidad previa a la muerte; Soy un animal, mi cuerpo me delata. Tengo un terrible miedo a vivir solo, con todo y que conozco es lo único que me espera. Quisiera una caricia de cariño, y nada más.

De eso me dí cuenta.