30 jul. 2009

He andado leyendo Rayuela


Al fin después de años ando leyendo Rayuela; Sobre ríos metafísicos de lágrimas y búsquedas de objetos en el bolsillo, de poetas enfermos y afrancesados, de monstruos gráciles que perifollan la palabra salivándola bien y ejercicios literarios despreciados por el autor y toda su melcocha derramada en el sentido de una oración, no trata de nada, sólo de un hombre como en toda épica, y sobre una mujer (como en todo drama), tal vez dos (Tal vez 2), pero que en realidad por ser mujeres en la vida del hombre es injustamente propio catalogarlas sobre la misma columna de mujer, sobre café ésto, sobre café el otro y el cebado de mate como masturbación.

“Toda una generación reflejada en una novela” Y a la porra con las generalizaciones, todos reflejados, todos ahí, un espejo de setecientas páginas adornado de notas sobre intelectuales y los terrores de la calle para no afrontar los propios y la presencia de la mujer mejor (dos vocales de diferencia) acompañada del Sena mientras auna sus berridos al torrente, que en la presencia de la cama del hombre, de la bestia Horacio de la bestia yo, de la bestia tú si lo piensas leer o consta en las actas civiles de tu lectura pasada, en folder azul llamado cielo con sus pegatines burocráticos bien registrados. El libro es horrible, sin orden, planeado por un autor que pensaba divertido que el lector hembra aceptara pasar del capítulo treinta y uno (31 para los postmodernos) al 154 (Ciento cincuenta y cuatro para los perros puristas del caligráfico serializado) esperando complementar pseudoverdades ontológicas suplicantes de ethos y logos. Rue ésto, rue aquello, no lugares, sólo nombres, salidas a medianoche, lluvia y hacer el amor hueco, eso todo el tiempo.

Que terrible libro lleno de supersticiones de la ignorancia y dogmas centralizados de la filosofía, aceptación de lo que pasa y es y de quienes son y sobre quienes va, rayuela en el piso y tizas de colores siendo limpiadas (sí, limpiadas, no borradas, no cubiertas, no transformadas, LIMPIADAS) cada mañana por cubeta, agua y olvido de las canaletas de un parís cincuentero.

Me decían que siempre pensaron que mi nombre era Horacio, y una mierda, inframierda, ultramierda, retromierda, el hombre es un terror hermoso, un superego más fracasado que uno, fijense, llamarme Horacio compadeciendomé con el personaje, comparando mi absolutamente peor persona con él, con un hombre, confusión ininterpretable ¿Yo pasando como hombre? Que va.

Y la Maga y una Pola, y una Giselle y una Natalia ¿Cómo podés?

Lo leo, lo absorbo, lo sintetizo en el golgi celular y lo respiro en mitocondrias y penas de realidades subyugadas mas que aceptadas, en el metro, en la calle, con los olores y los ruidos. Habría de ser cobarde, demasiado fuerte para el silencio, el café y la cabecera.

Quetzal, Nicap, pseudo Horacio, viejo del ojo pálido enterrado cerca del chateu con su corazón latiendo reclamando justicia del hombre y no divina leen Rayuela, sin compromiso, sin obligación de suplicas pretéritas de leerlo, y se encuentra ahí, a todos sus amigos y a todas sus amadas, en parís, apestoso parís de rastacouriere y Sauvillon.

Que pavada, yo aquí leyéndome sufrir para ignorar el saberme sufrido.

Con todo, le otorgo el nauseabundo y sin argumentado “Está bueno”, por que sí, porque no puedo decirlo de otro modo en mi carencia de adjetivos y figuras que atrasadas espiritualmente presumen de ascendencia latina, tan barato y vacío como todo aquel que presume de pertenencias costosas, esa es mi opinión y una mierda lo que vale, ¿Vale?