7 oct. 2009

Caminando con Ballard


Siendo así que de sus pasos, pone futuro en vistas a los jardines de esa preparatoria, toma asiento en una banca azulada decorada de forma artesanal con las leyendas de amor y odio que los adolescentes se escriben.

De los horizontes siendo las diez de la mañana llegan por la atracción de los juegos y sus bases suaves personas jóvenes, niños que aún no se rasuran intimidando y tocando mujeres jóvenes ya de escotes y tacones cuando aún parece que tienen por perder dientes de leche.

"El deseo proviene del elemento biológico" Pero de ser así, ¿Por qué lo atraían los tacones altos negros, y las botas largas en colores blancos salpicados de verdes? "Son fijaciones primarias; Los tacones recuerdan los antiguos miembros posteriores prensiles, los colores dan idea de un sistema inmune fuerte al convivir con ellos a mayor felicidad, ambas son atracciones prehistóricas de supervivencia y el tomar sexualmente a un ser que puede sostenerse de las ramas con sus pies". El preguntar a Ballard sobre el deseo de ser joven y poseer a jóvenes, no llevaría más allá de la construcción de necesidades mecánicas subconscientes en la carrera evolutiva para la supervivencia de los genes. La moralidad había desaparecido como un limitante de los condenados a desaparecer sin éxito reproductivo.

Las once llegaron después de ver pasear decenas de veces playeras ajustadas, pantalones stretch y cortes de cabellos de moda, uno a uno, en grupos, cargándose de risas se dirigían nuevamente a sus aulas, los juegos y los manchones de humedad se convirtieron en el paisaje nuevamente, la marea baja humana en el delta metropolitano, no más vida hasta el crepúsculo.

De posterior forma sus pasos lo empujaron a una plaza de la ciudad, las horas bajo el sol y la falta de líquidos se resentían en punciones de la cabeza y calambres en los pies dentro de unos zapatos ligeramente apretados. Los deslices mentales sobre la ligeresa de ropa de las mujeres circundantes ya sólo era el briago espectro de una búsqueda más profunda, la revelación de la compañía única de Ballard por lo que se llevaba de la semana.

Dos horas más con Ballard bajo la refulgencia otoñal secaron la existencia de la realidad como un consebible sensorial asociado al tiempo, abandonando sólo la presencia intuitiva de la ontología de las cosas; El dolor ontológico, por ser el único estado intrínseco a la verdad de las cosas, la sed como única pauta de cualquier acción incluso si se le deseara crear un imaginario moral. El reduccionismo a un objeto de la contemplación a priori del ser propio.

A lo lejos de esas cavilaciones, detrás del humo del cigarro, a no más de algunos metros la mujer que había muerto en su cama por la dirofilariasis (causada por el nemátodo Dirofilaria repens un parásito cardíaco) se retiraba con su tan particular movimiento de caderas. Dejando a un lado la redundancia de la vergüenza autosustentable y abrazando el dolor presencial, comenzó a andar detrás de ella.

Espera y ve al mundo pasar

El flujo de tiempo se desvaneció, el medio día llevaba varias horas castigando, Ballard remarcaba la idea de que la pérdida de un sentido único destruye toda la cosmología personal, que la constante reinvensión del espacio era necesaria para la propiedad dicha de ser. Su mensaje claro, sentarse nuevamente y esperar que su mujer apareciera.

El sincretismo de deseo regresaba a ser convolución del ciclo redundante de supervivencia; otros escotes, otros traseros, otras miradas, una de ellas muy similar a la de su mujer, casi las mismas promesas de sus ojos, casi. No era ella, no importaba.

Necesitaba moverse, las fluctuaciones de la materia sugerían que era con una actividad similar en un lugar diferente donde el encuentro con su mujer podía llevarse nuevamente. Entonces encaminase a los asientos de un café, el capuchino helado más bien parecía papilla de paleontología y caldos primarios de las moléculas esenciales para la aparición de criaturas orgánicas. La mirada punzante, ahí iban los cabellos de ella, por ahí sus piernas lisas en zapatos de tobillos clausurados, definitivamente los sueños de ella con sombrero en esa otra mujer, una tarde de ocio se balanceaba de la mano de esa otra mujer. Esa no, es muy niña, esa no, tiene las manos demasiado arrugadas, ella los dedos muy largos, ella sí, su sonrisa reverbera por la estancia, ella también, su alegría brota en nubes que abarcan el firmamento diminuto de la habitación.

Ballard le cuenta de que la vida en una profesión exige que el objeto de estudio viva, se transforme y sea significativo para las complexiones de lo cotidiano, que aquel que sea filosofo o biólogo requiere que los seres estén vivos, que sean parte y afectados de las visicitudes que la sumisión al tiempo requieren sobre la psique a demás de los mecanismos de manutención de ésta; Sin la reproducción de cuerpo, mente y sus objetivos, la muerte misma carece de valor, por lo tanto también el ser.

Al fin el cenit se deja derrotar y alarga las sombras, la ontología nerviosa se recalca por instantes proviniendo de los píes. Su mujer lo llama desde la distancia, no muy lejos, puede ver su mano ondeandose bajo un puente, enfundando sus amores bajo un vestido de lino blanco, sin vestigio alguno de rencores, él la sigue, Ballard ignora a su compañero pero mantiene el paso junto al suyo.

Han pasado otras cuantas lunas desde la última vez que vio a su mujer, no importa, siente como detrás de él a pocos metros ella está esperando a que se le entregue. Ballard habla de serpientes de cal en una muralla abandonada nacida de la fiebre, de que la serpientes no existen, pero están ahí cada día a la misma hora, porque son necesarias para quien las contempla, y como del espectador es el universo, todo depende de que estén ahí.