20 dic. 2007

El acto del autorretrato


Autorretrato,
Quetzal Hernández,
Carbocillo sobre papel,
Diciembre 2007


Muchas veces no necesitamos de una musa externa que nos ayude a desear el evento creativo, y es ahí, en la mayor aberración y milagro que conocemos bajo la creación de los dioses donde a veces logramos alcanzar lo buscado, el elemento para experimentar un poco con nuestro arte, el inflar un poco nuestro ego con una fotografía propia, o el humillarnos ante nuestros ojos, incluso para poder apreciar el paso del tiempo y la posible perspectiva que puedan llegar a tener otras personas sobre lo que nosotros vemos en nosotros. He ahí el autorretrato, el objeto sobre el que es valido realizar cualquier cosa y con total consentimiento, donde podemos hacer cosas que en tópico sobre otro objeto sería criminal y en caso de otras personas, incluso una ofensa.

Muchas veces es esporádico, simplemente levantamos pequeñas lentes hacía nosotros y presionamos un botón, casí siempre ignorantes del resultado que mostrará el producto del pequeño arranque de amor u odio hacia nosotros. Otras tantas veces es de lo más premeditado queriendo obtener esa perspectiva singular, que nos transformemos en algo para que los demás puedan vernos un poco como deseamos ser o como somos, pero jamás nada menos y nada más. Otras veces es una sorpresa, un engaño inmediato, un acto de ignorancia sí, pero de ignorancia total incluso en como se ha de realizar; a veces un montón de objetos acomodados de un modo nos dan un reflejo, otras veces sólo tomamos material y rayamos, trazamos, gritamos, ensuciamos, moldeamos hasta sentirnos que lo que yace en nuestro papel-pantalla-filme-lo quesea es muy ídentico a nosotros.

Cuando el producto yace ahí, cuando la respuesta a nuestro manoseo de pinturas, crayones, lapices, colores o herramienta que sea simplemente nos observa através de ese espejo ópaco, es entonces cuando nos encontramos con algo nuevo, no una fidelidad total a los sentidos, pero sí a alguna parte del alma, y otras tantas veces sólo es un desconocido que jamás podremos identificar.

Tiene la naríz yo llamaría curiosa, un ojo un poco más viejo y cansino que el otro, labios gruesos, barba que más bien es una patilla de oreja a oreja, una pesadilla de espantapájaros como cabello, el cuello de la playera siempre chueco y la delgadez de un moribundo, tiene todo eso como yo, y es lo que salió esa mañana del sábado de mi espejo al papel, pero ese, ese tipo de ahí, no soy yo.




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