7 may. 2010

Cobalto (Cuento minímo)


Los pólipos de Tannhäuser alquitranan el firmamento estelar. Las pantallas muestran como brillo de rocío en un jardín negro el centro de la galaxia. La posición del embarque estelar sigue siendo de parsecs del ritmo radial del sol terrestre y del cúmulo de estrellas conformadas por neutrinos apostáticos de Euclides en la meta del epicentro galáctico.

El motor de iones tenía doscientos cincuenta años de previa aceleración desde su construcción en mil novecientos noventa y seis, otros siete habían pasado desde el desprendimiento orbital y el impulso cuadrático por los algoritmos aplicados al motor de tio Anatole, que convergía los vectores de aceleración sin movimiento a través del espacio. El desplazamiento sideral simultáneo análoga en el macrouniverso el salto cuántico de electrones en un isótopo de hidrógeno.

La misión era sutil y enfrenta de un solo hombre que buscando entrar por pie propio a la novena esfera ptolomeica dedicó los primeros cien años de su vida a la empresa de alcanzar el núcleo de la vía láctea.

Era aquí el odiseo postmoderno, repleto de aventura e insatisfacción, a sólo un ciclo de Fibonacci para llegar a la condensación de novas. Poseyendo la educación de un único trimestre sobre poesía deseaba regalar las palabras de las que carecieron hace trescientos años los humanos primeros en desprenderse del abrazo gravitatorio de la tierra.

Los micrófonos unidireccionales encendidos, todos.

Los moddys de memoria, los nanoprocesadores hormonales y neuronales en estasis, las bacterias mitoticas en la sangre anuladas, los retrotrasposones mitocondriales apagados. Era nuevamente un humano pagando el precio de la oxidación por respirar. El envejecimiento ya olvidado poseía su cuerpo, era nuevamente un ser humano sin las ventajas del milagro genético y sus alteraciones, tampoco del mecánico, era el animal mortal enfrentando al creador.

Su nombre era Neils, un tributo a Bohr y Armstrong, el primer empirista de las naturalezas subátomicas, al primero en tocar un punto del paisaje nocturno.

“He zancado mi arpón por el nombre de dios
Mis maldiciones encuentran suelos fertíles
A los abismos me arrastra la fiel venganza

Oh nemesis divino te he conquistado
De la razón su túmulo en el que poso
El tubérculo elíseo colma mi sangre

Porque soy hombre y ente por eso soy creador
Ante la luz propia de ser me alimento
No soy el que sediento levanta la vista
Tampoco la bestia incompleta simulando.

Permaneceré por lo que ahora yo soy
habitante y conocedor del paraíso”

Ya no tenía la necesidad Neils de esconderse del rostro de aquel sentado en el trono, lo afrontaba orgulloso con sus ojos de paradójica complejidad Lammarkiana. Ahí yacía postre el ojo de fusión de neutrinos, el iris de Dios en sus pantallas, yendo hacía él a ritmo constante y temeroso, a tan sólo un ciclo de Fibonacci.

Neils necesita descanso, la ausencia de reguladores contra neurotransmisores implica el arribo inconsciente del estado de generación de ondas beta, Neils sueña:

No existe control, es una proyección que se contempla en tercera persona. El Neils de la pantalla se encuentra en un pasillo de blancos paneles y marmóreo suelo mate. Neils voltea a las paredes de fibroplástico carbonado con un dejo de incertidumbre, como sino fueran el kevlar orgánico que también conocía, del fondo en cegadora voz blanca de su mujer proviene su nombre, el rostro de Neils ahora hacía la voz, hacía esa luz. “Samanta” resuena inmediatamente en su piel, reflejando su onda en todo el frío corredor. Corre hacía la luz, su paso resuena al ritmo de su respiración, un sudor natural y poco refrescante resbala por sus sienes, le llena los labios mientras la homogenidad se transforma en entrecruces oscuros. Se detiene, su corazón ha dejado de ser el metrónomo de marca perfecta, un entumecimiento proviene de su brazo izquierdo, la máquina arrítmica desbocada bajo su pecho amenaza con explotar.

Neils muere en el centro de una nova.

Se desprende, recupera conciencia en un blanco cobalto eterno