7 may. 2010

Pobre Edgar (Cuento minímo)


Esto es una lastimosa adaptación de una canción llamada "Poor Edward", no la dejo aquí porque sólo demeritaría aún más las palabras aquí impresas

Pobre Edgar que llegara a conciliar los pesares taciturnos en la poseedora de una azabache melena, hace tanto que lo abandonaron esas puntas risas que le fuera imposible el andar por las bocas y bóvedas lisas que se le entrecerraran en forma de cruceta de nueva vez. El pobre Edgar se mató.

Justo un día después que las sobrias soledades se convirtieran en paraje y hábitat suyo perdió el cabello. Cicatrices y recovecos corrían por su lampiña cabeza a todas las señales de la veleta. “Es su tristeza” decían sus compañías. Lo admiraban demasiado para que fuera una alerta sobre su mente. Por las calles y ventanas el fuego ámbar de las luces nació y se extinguió severas ocasiones hasta que todos lo vimos, un nuevo rostro había crecido en la parte posterior de su cabeza.

Con el nombre de Janus mofa le inculcábamos a esa cara adicional de granítica expresión y de mujer hermosa. Algunos decían que al recuerdo de la mujer que lo abandonara, el rostro sonreía, e igual que como las nubes de Marzo, la feliz primavera la hacia llorar., Pobre Edgar que cargaba un torcido contrario de su amor en los hombros donde todos podían verlo. Todos decían que él y el otro rostro eran inseparables, que si alguien intentará arrancarlo por la fuerza o por medio de besos, Edgar moriría. El pobre estaba condenado.

Más horas, más horas, más horas. Ya nadie se rió después del muy desdichado. La señora Figueroa que compartiera muchas tazas de margo café y trago con él nos contó en ocasiones de como Edgar le decía que esos labios carnosos le hablaban por la noche, que le susurraban sobre abrazos, y que le exigían besos, que le arrullaban en pleno agotamiento las carcajadas que le provocaba a la bella mujer sus lágrimas y mocos.

Otro año y el rostro brillaba aún más conforme Edgar languidecía por el indecente sueño y el dulce canto de la desgracia secreta que nos persigue como enamorados. Lo extraordinario del caso nunca fue noticia o sensación de tabloide, todo hombre que conociera en finos dedos femeninos la ligereza de un cariño enterrado comprendía que esa cara no era un milagro médico o una terrible brujería, sino una posibilidad latente e incluso una verdad oculta de ellos mismos.

Otras muchas veces cruzaron de oriente a occidente las constelaciones , la cara andaba ahora enmarcada en delicioso castaño por una cabellera de gloriosa salud, boca bella, ojos de inconmensurable profundidad y la más cándida voz. Mientras ese pobre diablo caminaba con la cabeza gacha, la mujer en su cráneo parecía que huía con pasos hacía atrás mostrándole a las aves y señores una bendición que no podría ser suya, toda una reina faraónica llevada a cuestas por un esclavo en reversa. Ya no había mujer que charlara con Edgar, incluso la señora Figueroa le rehuía confidencias, todas sabían que Edgar era esclavo del permanente murmullo en su oído.

Edgar se murió una quincena de otoño, se colgó de la viga suelta en los corrales de la iglesia. Lo enterraron acostado de largo y de lado. El merecia dar el rostro al creador cuando fuera el juicio, pero todo hombre también se había enamorado de la vida de esa otra cara, yo me había enamorado de ella, de la fortuna y luz que traía su mirada divina mientras Edgar yacía en su peor momento. Todos sabíamos que ella y sus palabras al amanecer habían empujado a Edgar a matarse y entre sus pestañas lo había arrastrado al infierno. Porque así como lo abandonamos a la tierra, también muchos conocíamos esa cara muy bien, y que en ese ataúd Edgar posa inmóvil e incorruptible mientras ese viejo amor de mujer le habla pensamientos que todos pensamos una vez, pero en la armoniosa voz de aquella que le rompiera el corazón.

No sabemos las razones de que la dama original lo abandonara, chismes y versiones hay todas las plausibles y otras tantas tan increíbles como lo que le sucedió, pero si conocieras al tonto enterrado con una amante que imaginó, no pondrías duda en mis palabras y como esa memoria tomó posesión para siempre de él.

Pobre Edgar.