23 abr. 2010

De Bondad un Disfraz


 
Ayer sucedio algo que no acontecía desde hace años, o al menos lo que parecen años; Tuve un sueño amable, sin horrores persoguiendome o malas situaciones inefables. Todo iniciaba en una enorme casa, y como suele pasar con estos sueños, sólo alcanzo a agarrarme muy levemente de los hechos del final y la sensación de descanzo y tranquilidad.

En esta enorme casa, mansión de ladrillo naranja preciosamente puldi y esculpido por unos cuantos años de lluvias cálidas y suaves, recubierta de jardines en los espacios libres, en los muros, en los techos, por las tuberías, en esta casa yo no vivía, pero tenía en ellas muchas actividades del diario y Valeria era la que vivía ahí.

A Valeria la conocí en la facultad, dentro del taller de fisiología comparada, ella, una bajita pelirroja de ojos pequeños a la cual sólo la escuchaba charlar con alguien más sobre una aventurilla con otra chica y sobre unos enojos con su novio, y por supuesto, hablando conmigo de menesterosidad (realmente amo tal palabra, define exactamente todo lo que detesto en el mundo), en eso sí la traté mucho, como compañera de laboratorio, como compañera de un par de clases con nombres tan ridículos como Cronobiología, pero nada más y sólo como eso, realmente fuera de su nombre no sé nada más de ella, por lo que la Valeria del sueño era un punto argumental, o un sentimiento sólo disfrazado con la cara de alguien que es tan particularmente indiferente y de pertenecia a mi pasado, pero por eso estaba ahí, una figura neutral a la cual todavía podía hacer memoria. Porque al final del sueño, mientras la película que yo veía corría los créditos e iniciaba la preparación y acto de despedida de Valeria, su pijama de puntos azules y la casa de ladrillos con todos sus jardines debido a que la noceh había envejecido prematuramente, ella de forma tan casual como una amistad de años, mencionó que en cualquier momento podía yo quedarme o visitar esos muros para pasar el rato. Como fiel seguidor del protocolo a mi vez respondí que tomaría sus palabras en cuenta para el inexistente futuro, y fue ahí que sucedio algo especial. Con esa voz que sólo tiene una amiga que te tiene total confianza y necesidad me hablo diciendo: “En serio, puedes hacerlo. Realmente extraño tener una familia”.

Entonces, terminó el sueño, con la sensación de un abrazo, que que era necesitado sólo por ser yo, por mi presencia, por poder llear el momento de un cariño inintencionado del unicamente estar ahí.

Por un momento no reconocí la sensación, y es al día que el efecto me llena un poco, ya mañana será como todo evento de felicidad en mi vida pretérita, sólo me hará más miserable.