30 abr. 2010

Flamenca


Les Muses. De izquierda a derecha, Caliope la de la bella voz, Terpsicore deleite de la danza y Melpomene la del cantar.


Enamorarse de lo imposible es muy propio de quienes sienten el tibio tacto de la belleza al escuchar una canción, bien lo sabré yo que considero la música en todas sus formas como un juego de conocer a la chica de tus sueños. Al primer contacto existe la magia y la exitación de la impresión introductoria, pero puede ser un simple saludo, el equivalente de una sonrisa y mirada coqueta, tal vez no vuelvas a saber de ella, mas siempre lo especial proviene de esa primera aparición. A veces, después de eso, la buscas, en su balcón cuando te la imaginas contando los segundos del día con la mirada hacía el cielo, en su casa si descansa de la distancia, si la vuelves a encontrar te armas de valor y le suplicas con lo que supones galantería el hacerte compañía por una tarde, en ocasiones ella te busca con la más agradable sorpresa, y cubierta de guirnaldas te toma de la mano para pasarla con ella, para conocerla. De vez en vez resulta ser buena conocida y amante de otras amistades, que te la presentan sabiendo que será lo mejor que podría pasarte, otras veces, al visitar a estos amigos, ella siempre se encuentra ahí, para convertirse a la larga también en tu amiga.

Es así como inicia el proceso de conocerla, sus formas, su pasado, te habla de viejos amores y te recuerda los tuyos, ríen juntos, no dudas a invitarla a cualquier compromiso que sabes la hará sentir especial, que la hará brillar.

Puede suceder que sólo se convierta en una amiga más, para ciertas ocasiones, o en esa agradable invitada que siempre te alegra ver en las fiestas, pero el entregarle tu corazón suele ser una deliciosa posibilidad. Te ofreces a ella completo, sincero y tan lleno de defectos como eres, ella te acepta e intentan crear una vida juntos de todos esos pequeños instantes que compartieron previamente y de los que puedan construir hacía todos los atardeceres.

El momento llega, no necesariamente pero suele existir, que te canses de ella y sus palabras, de sus ritmos en la exquisita noche solos y la dejas de ver, ya no la buscas, la ignoras y con despecho hasta hablas mal de ella, de la inmadura mentira que fue para el alma, o, porque también esos eventos tienen cabida en el verde mundo, la amas para siempre y el paso de las estaciones jamás tendría color sin ella alrededor, y se quedará ahí, contigo, mientras el viento aún empuje las ramas de los árboles.

Amor, felicidad y comprensión como el de una canción no puede existir, carente de juicios al monstruo que le presentaste y todo el paraíso es tuyo mientras la maestra memoria pueda encontrarla. ¿Cómo desconocer el amor de todo lo improbable sabiendo de la música, deseando la música?

Oh amada, dulce y cándida Terpsicore ¿Por qué tuve que contemplarte un día encarnada en suaves hombros de mujer? Se Llamaba Mariana, mi aliento ya no puede conjurar su nombre, ahora sólo me dirijo a ella silente y de rodillas por la admiración. La conocí en un teatro, donde ella y otras musas para otras manos presentaban un recital de ballet español. Mis inquietos pasos e imagenes en sueño me habías arrastrado a ese foro buscando empalagar mi existencia con hermosas figuras frente a mis ojos. De los días uno acepta la incertidumbre, y fuera santo o mago el único listo para el cariño eterno forjado en una tarde. Mariana, ahí te presentaste sobre maderas hambrientas de eco, con labios de puro rojo matutino, el cabello liso y recogido un jardín que daba flor al dorado crisantemo que lo adornaba, tu cuello alto desafiando el firmamento y tu cuerpo vestido de olanes ligeros hasta los tobillos que desde entonces sólo me colman por el deseo de besarlos. Una sonrisa del carácter más fuerte presentando el afilado de tu faz al numeroso público.

Una tercia de malditos al fondo del escenario, con sus camisas cloradas, guitarras y palmas con el divino placer de yacer cerca de ti iniciaron un canto que puso en movimiento tu universo. Tus brazos, crestas de mar blanco
, tus manos, mariposas inquietas en vuelo regular, tu maravilloso rostro a momentos glorioso perfil, a instantes lunar semblante. Todo un mecanismo preveniente de tus escondidas piernas, de tu cadera digna de todos los suspiros, al ritmo de aplausos, de gritos zingáros invitándote a mostrarte más diosa por cada acorde de las maderas, bajo tus pies, en las manos de los malditos.

Las cosas pasaron mas no así el tiempo, descubrí tus ojos invitándome, la línea de tus besos dedicadas a mí, me perdí y ahogue en el agua de tu vestido, en la maravilla y gracia de tus dibujos. Mi corazón jamás se repodrá de todas las veces que hiciste detenerlo con un asentimiento de tu cintura. Me había enamorado de toda la música que eras y no encontraría solución a la paradoja que es pisar la tierra hasta no obtener en un abrazo el prístino suspiro tuyo dedicado a mí.

Quienes suponen el haber conocido del amor me dirían que hay lo cabalmente imaginable y el estúpido absurdo, llamándome así como víctima del querer crear lo segundo. Que más sencillo sería seducir a la muerte con poemas sobre el verano, o resucitar el cariño de la tumba de la Berenice sobre la que escribía el cansado Edgar.

Ilustración de Alberto Vasquez para una biografía de Edgar Allan Poe

La muerte y el abrazo de la hermosa vampira podían esperar, la faena de mi respirar sería conseguir exclusividad de tu tacto, porque conocía el amor de lo imposible en el meloso violín de Tchaikovsky, el fuego olímpico del postmoderno Prometeo Stravinsky, la profunda oscuridad que acecha el alma del justo por las escalas de Ludwig Van. El hacer elíseo hogar en tus manos era tan imposible y tonto como eso, por lo tanto podía y así me costara la benevolencia de dios, lo haría.

En el andar por sus saludos mis queridos amigos, bien saben que la austera palabra es mi mejor regalo. A Mariana le regalé todos los besos que me dio Calíope al oído, rebusqué en todas las obras de los bardos y poetas un vestigio de lo que era ella para poder explicárselo en voz y roció. Altanera risa fue su pago, tan acostumbrada a la entrega de los hombres estaba que era yo sino otro condenado en fila de ser tragado por el rey ave, creyendo que por su trono podría alcanzar el hermético centro de las delicias.

Detalle, del tríptico  El Jardín de las Delicias por Jeroen Anthoniszoon van Aken. Entre el infierno y el paraíso con sus sistema alquímico de figuras el único portal son los intestinos del diablo

Lo que hacían los demás, sus palabras y advertencias no poseían fuerza alguna para cambiar el significado de mi obsesión sobre lo que sostenían esos negros tacones, no fuera inclusive que una de sus compañeras al pasar los meses ofreciera resguardo en su pecho para mis poemas y néctar en su boca para mi sed, pero no era Mariana y las estrellas podían apagarse si quisieran.

A única sabiendas de los espíritus en la naturaleza la de lunas que alimente su correo y presencia de letras firmadas de obcecación por poseer su caricia, de aquella hermosa flamenca que hurtó todo aliento en mí.

Aún no lo consigo y empecinado como soy ahora visto de maldito, batiendo manos a la retaguardia de su escenario donde enamora a fieles de lo inverosímil. No es de mi menester, sólo de mi envidia las noches que acepta hombres o mujeres en su lecho, los gemidos que reverberan de sus habitaciones que espió son sólo la respuesta que su amor no pertenece a lo terrenal, que no son para nadie nacido de mujer, y esa es la esperanza de lo que pueda arrebatarle yo a la misma belleza.

Mariana, amor mío, mi piedra de Midas, algún día tu canción me encontrará