8 abr. 2010

Que se lo trague el bosque



Así fuera que me encontrara yo mismo al calor de bebidas inculcando mella en la tiza piel de una dama, acompañado por la carencia tan particular mía de consideraciones ajenas a mi deseo, restregué mi perfíl queriendo hacer sumidero de la amplia espalda que me ofrecia el regalo de su tacto ¿Acaso encontré sorpresa en la correspondencia de caricias? Dubito por instantes al razonar negativa sin encontrarla. Un avanze se transformó en guerra sin llegar a los plausibles cadáveres de su desarrollo. Caricias y besos nada más, por necesidad de compartirlos, de darlos al incolumne templo femenino, bautizarme así y bañarme de perfumes y secresiones, los objetos de la búsqueda por Boudelaire.

En el acto y despedida buscaba ligereza, la consumación de un sencillo crimen, como los cometidos cada lunario en pos de hacer lo eterno insufrible, sufrible. Jamás pensé en hacer uso, porque uso es la palabra, de alguien más en mis elucubraciones, que horrenda tristeza el cometerlo de tal forma y embarcar el sereno paisaje que me diera cobijo en semblanza de mis temores.

Falsamente escaparon de mis dientes letras aseverando intenciones más benignas que el simple escape de mi fantasmagoria, incluso, lleno de soberbia afirme una disposición de ensamblar un cariño partiendo de tan vanos cimientos. Tonto y maldito una y otra vez no objete un reencuentro, aún a sabiendas que mis manos no negociarían los cuerpos, y con carnavalezca máscara decidí repetir el crimen.

Se me perdone mi mayor falta, el enamoramiento de las sombras, que si supe comportarme fue cazando la alegoría de lo imposible, quien sino en sueño taciturno quería compartir en realidad el tacto de Natalia, no el beso que me deseaba, mas la respuesta de una risa tejida por ella, la traicionada hace un año, mi única alegria hubiera sido esa, el estrecho lazo que tanto compartí con mi pérdida amiga. En ningún momento mi mente recababa imagen que no fuera la suya. Diluida de forma eterna en mis errores. A la promesa de esa mañana también hare falta, no puedo sino buscar su sombra en los muros por los que me paseo, por la supuesta felicidad que comparto.

Todo ha cambiado a excepción de ese deseo, del encontrarla desnuda de memorias sobre mis pasos y la redención de sus manos. A la simple suposición de una existencia fantasma me había condenado ya exsangue a mis deberes, pero la inminencia de tal estado es presente y verdad, que sin ella al aire todos mis deseos consumados se han escapado, me condeno entonces a la lobriega sobriedad de su abandono, que en eso me he transformado, la carcasa de una soledad y hérido penador de su reflejo, porque de ella el perdón es inasequible y mi estancia así será la tristeza.

Ya no busquen de esta piedra herramientas de amor y cariño, puesto que ella se las ha llevado. A las tumbas no se le ofrecen ni llanto ni el cadíz de las rosas, sino la memoria de los actos y atemporales sentimientos, que esos les sean de buen provecho y ventura. Que al cemeterio, se lo trague el bosque