23 sep. 2009

En la sala del cine


Ese día era un jueves temprano, me encontraba en jardines a las afueras del cine, quería ver una película de héroes, la sala se encontraba vacía, otras tres personas y yo. Entonces entraste, tal vez tenía un año que no te veía, desde aquella vez que nunca llegaste a la fuente. Te presentabas sonriendo con tu novio que fue para ti, ese amor intenso y terrible de tu vida, no me viste, yo a ti sí, y el como se besaban, una y otra vez, la película no importaba para ustedes, desapareciste en sus brazos y regazo. Realmente quería ver la película, pero te vi a ti.

Salí de la sala, fingiendo felicidad y emoción de lo que había visto, del no haber observado como transformabas los tapices del cine en cortinas de un cuarto a una Francia pretendida, me viste, me saludaste, te reías de como bailaba escuchando la canción del fondo por los pasillos mientras corría con disimulo celoso al baño. Él entró, sus ojos se dirigieron a mí con el mensaje de sus palabras: "Es mía". Salí, adioses y una casualidad el que volviéramos a encontrarnos.

Me citaste, las viejas y pequeñas salas, aún conservo ese boleto de dios sabe que película, en la cual después de salir y cruzar una calle me preguntaste por primera vez sobre el consumo del amor, aquella vez de tu mirada que me cazaría consecuentemente en sueños hasta hoy día, un beso, una nota al reverso del boleto, el primer error que cometía contigo, que sólo fuera la letra nerviosa en un boleto rosado del cual ahora ni el nombre puedo apreciar.

Las mismas salas, un martes de tarde y ciclo de terror, después de ver a un hombre que vaticinaba la muerte de la humanidad en el saludo a las personas, entraste, sola, a la primera fila, aparecía en la pantalla un niño vampiro verde flotando por una ventana, era la sala cinco, la tercera de cuatro funciones, cuatro de la tarde, mi presencia desapercibida nuevamente, la tuya en fuego corriendo en encuadre, prefería el terror del sol de primavera a tu cabello negro al movimiento de mi mano. Salí corriendo, no tenía de quien ocultarme. Las primeras veces que con ojos hinchados en silencio repetía tu nombre, sin fonemas lo paseaba por mis dientes.

Las mismas salas, carteles con perfiles de mujeres habían subido y bajado de los anaqueles cientos de veces, nosotros en esa sala, sin intención de tocarte, sólo ver la pantalla llenarse de colores inmensos y amarillos de la vieja cinta. Cuando tocaste mi mano, cada vez que podía giraba la cabeza para contemplarte en la oscuridad sin anonimato, recargándote en mi por todas considerado incómodo cuerpo, un suspiro y el terciopelo de la abrazadera quemando mi brazo que no podía por el miedo más que dejar inmóvil, sosteniendo mis dedos y acariciando, la caricia propia de ti, la de tus dedos largos rozándome cuidadosamente el dorso y muñeca libres de tu abrazo, mi cuello apoyándose sólo para encerrarme en la ilusión de perfume y flores que eres, mi torpe retroalimentación de poner a trabajar mis cervicales para frotar mis mejillas en la belleza que posabas en aquel asiento de gruesa tela anaranjada.

Levantas tu cabeza, invitando, retando, abriendo las puertas de los elíseos terrenales, con la guardia de tu pupila aceptando los temblores de mi cuerpo y su respiración agitada.

Me besas.

Me arrancas de la contemplación para encajar dientes y lengua. Tiemblo, tenía mucho miedo, no conocía nada en ese momento como no lo conocía la vez que me arrebataste las palabras del mismo modo en la escuela hace tantos años. Te envuelvo, tiemblo, como aquella vez que me pediste quedarte en mi casa, como la vez que encerrados en mi cuarto yo te robé el beso que siempre he creído tú anhelabas.

Hace ya tanto de eso.

Dejé de ir a esas salas, por miedo a verte, por el poder ir a otros cines con otra persona distinta, por no poder soportar la imagen de que estuvieras y te pasara invisible.

Ahora regreso desde que me escribiste un adiós de esos que ya tanto conocemos pero con sabor a permanente, cada semana, cada diez días, queriendo presentarme como fantasma tras tus pasos. Levanto vista y acelero camino si un automóvil gris como el tuyo gira por el estacionamiento, por si esos ligeros ojos rasgados andan leyendo un libro en la penumbra de la sala. Todas las películas que veo enmarcadas por las cortinas rojas y los asientos anaranjados te me recuerdan, la primera fila esconde los sueños que cree contigo.

Voy al cine para verte, para que una mujer hermosa se cuelgue de mi brazo y me obsequie todos los olores del verano, voy a buscarte a esas salas.

Pero tú, ya no vas.