28 sep. 2009

Esta Máquina que me Sostiene


De las entrañas por las cuales proviene el rugido, de la negrura sin forma, del calor encerrado y húmedo del aullido, carencia de terciopelo en la oscuridad. El negro es negro y nada y sólo nada, terror lateral a la sabienda instintiva de yacer ahí, acurrucado, harto de la iluminación y demás trucos del nervio óptico. Ruido, respiración, latidos. Yo estoy en la boca, temeroso de donde estoy, insignemente rechazando cualquier otra posibilidad, el sentir consecuente centra a mi atención que hay tiempo, que ha pasado, que hay más terrores abisales en los cuales concentrarse separado de la locación en la nada. Un primer pensamiento involuntario resuma de mi propia garganta, suspiro e interrupción de la temperatura fétida que a instantes parecía llevadera y de comfort. La primera imagen aparece, unos ojos enmarcados en rimel oscuro y largas pestañas hermosas al borde de lo irreal y artificial, es una fantasía, es permisible, es acuosa y fija en un sentido inexistente por el momento del observador, imaginación de que ve, directo y en respuesta al reflejo que los acompaña, los brillos estelares de las burbujas cafés de los ojos rememorados, el primer órgano en despertar es el estomago con un vuelco y revés al saber todo lo demás que es lo que se acerca. Temblor.

Los colores crecen en la espesura, se transforman en sombras que sólo acarrean dolor. Dejame con la peste sin tiempo, detente vida y sumergete, que los fantasmas de neblina gris no se conviertan en las murallas verdes que presiento, en el detalle de grietas de otro lugar donde fui con alguien más. Los ojos se convierten en silueta, rostro, piel, manchas, arrugas y el temple de paisaje de una cara entera y definida, se concreta en una persona con propia vida a pesar de la premisa de pasado que encierra el cerebro, concluye como la realidad del sueño, dentro del sueño, la inútil huida de uno mismo y el reencuentro predatorio. Ahí otra vez, con ella, conmigo. Las paredes de la escuela, los olores del anuncio de primavera alada en pequeños respiros átonos de emoción, de que yo esté ahí.

Una comisura deja estirar el rosado regular de labios delgados y rosados, un mensaje del pretérito que pregunta en fiesta de dientes:

“¿Cómo estás?” La respuesta inmediata es la duda ¿Me pregunta a quién soy yo ahora, le pregunta a quien era en ese entonces?, Las palabras sólo escapan en tiraje como lo que era “Bien (una pequeña pausa) bien”. Las luces brillan más y obtienen el resplandor del grano, primero la mirada, después los labios.

El escaparate de blancura de su faz regresa a niebla, terciopelos fantasmas, negrura nuevamente. De nuevo el vacío.

Las tripas ahora propias reclaman el castigo del recuerdo, la concentración en el instante perenne de no ser por el corazón trabajando, resonando, tañiendo en bronce de campana rota. La sangre que aún alimenta lo que sostiene la mente, mi mente, yo.

Me abrazo al entumecimiento, mi regalo de mimetismo con lo que me rodea, electricidad me indica que también hay cabello en algún lado de mi cuerpo, en la coronilla, escapando en flujo de un chakra mal formado, y el aire, el aire escapa por los poros, sólo mi rostro sigue siendo de cera, por que no hay nada en él que me haga comprender,que me explique en intuiciones donde estoy, sólo yo y la máquina que me sostiene, todo salida, sin orificios, sin necesidades, sólo dolor y mente carente de otra cosa que la quimera de lo que podría ser tocar, oler, ver. No es ingravidez sino incómodo útero de una no-madre. Eso es, la oscuridad amniótica.

Ahora un piano reclama en el cráneo, los tintineos se convierten en las vibraciones y ondas del sonido, otros ruidos de lenguaje acompañan la claridad de notas, es música, una canción bien conocida de tardes con viento frío, cielos azules, construcciones en alto contraste de negro y gris en el abrazo angular de un sol picante.

Estaba sólo esa vez, repasando las palabras que construían una narración de un mundo de terrores vegetales, de hongos ambiciosos del universo, de estrellas aladas en metamorfosis a la nova. El mensaje de la vida por las decisiones que realmente queremos tomar. Un ligero pinchazo en las piernas débiles, un insecto de tórax mate cae de mi frente al regazo, sus adornos de púas naranjadas, su diminuta imposibilidad de andar sobre mí, escondiendose en los pliegues de mi ropa, de lo que cubre a la máquina que me sostiene.

Destapo mis oídos, alejo en la misma redundancia de otro recuerdo la música que me acompañaba esa vez, sus metales y voces templadas.

Los movimientos del insecto en mi cuello, queriendo reclamar su lugar de aterrizaje. Flash de los labios esos cuando estuvieran en mi cuello, la repentina repetición de la misma caricia en carne diferente del remitente; otra mujer. Pero es afilado, indiferente, son las patas del insecto. Una tercera mujer quiere escapar y convertirse en las otras dos en el mismo acto, pero lo niego, con esa tercer mujer de cabellos de trigo eso jamás pasó.

Acaricio mi mejilla sin cariño, sólo incomodidad, el tacto regresa, también tengo un arremedo de barba, mi rostro ya no es de cera, ahora es piel, madera y piedra, es mejor, la máquina se reconoce, yo sólo abstraigo más de lo que era.

Punto a punto, el cansancio asoma de cada elemento, me doy cuenta que la máquina está completa, con hambre, harta de que la controle y con anhelo de desaparecer en el dormir de sí misma, que su autonomía la sostenga mientras otras cosas pasen, y nada más tenga que hacerse bajo control.

Una red eléctrica atraviesa de la nuca a los pies, ya soy yo. El insecto sube a mi cara.

Escapo del Leviathan, nuevamente al mundo de los sentidos, de los seres que me rodean e ignoran, hundirse otra vez en la necesidad ya no de la máquina, de la mía, de las percepciones, de la niña de ojos verdes a mi lado ensimismada en notas y libros de pastas en filigramas doradas, del insecto corriendo en rondas por las superficies de leña, privada de mí, la niña y el insecto.

Golpes, timbres, otras voces, antagónicos de naranjas y blancos. ¿Dónde estoy?

Respuesta sencilla: Negando tu desdicha en un edificio.

Es así porque no quiero estar donde debo, porque me encapullo maldiciendo la idea de visitar a cualquiera de esas memorias en la vida real, para sentarme y burlarme de la posibilidad de dirigirle una palabra a la niña de piel blanca y mirada de jade velado que yace a un par de metros.

Me entretiene mi propia prisión.